Capítulo 32 / "Segundo Round"
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Buchango se fue en chinga al baño, pero lo que encontró lo hizo fruncir no solo el ceño, sino también el asterisco: la fila parecía cajero en quincena. Una horda de almas en pena esperando turno, para liberarse de sus demonios intestinales.
—¡Reta, aquí no es dormitorio! —gritó, aplaudiendo como simio en celo, dando presión con gritos y chiflidos.
Pero mientras más alboroto hacía, más se tardaban los inquilinos del trono. A nadie le gusta cagar presionado, menos con un animal gritándote. Lo que él no entendía, es que el baño de maquila no es cualquier baño: es un recinto de paz y reflexión.
Cuando por fin entró, descargó la furia del día. Los estallidos intestinales retumbaron como fuegos artificiales de feria patronal. Luego, como rey en su trono, sacó el celular y puso música a todo volumen.
Llegó otro animal, que traía el mismo ritual de aplaudir, gritar y apurar. Buchango, fiel a la ley de la selva, subió el volumen y se quedó un rato más, aunque no hubiera necesidad. ¿Quién dijo que simio no mata simio?
Treinta minutos duró la ceremonia: diez para entrar, diez para tronar el retrete, y diez más para cepillarse los dientes, peinarse y untarse limón en las axilas como si fueran tacos. Ya solo faltaba la loción mágica de su casillero, para disfrazar el olor a homeless, con matices de pino y Tonayan.
Regresó a la línea con pasito suave, confiado, pero adivinen quién lo esperaba. Exacto: Juan y Tito a su lado, como testigo presencial. En cuanto Juan lo vio, consultó su reloj como si esperara que lo aplaudieran por su puntualidad en cazar ausencias.
Buchango ya iba maquinando una excusa. Sabía que la había cagado — de manera literal y figurada—, pero algo se le ocurriría antes de arribar a su puesto de trabajo.
—¡Buchango! —tronó Juan.
—¿Qué pasó?
—¿Dónde andaba?
—En el baño, ¿por?
—Ya es la segunda vez que usa esa excusa. Se le va a hacer costumbre.
—Pues si no me crees, es muy tu pedo.
—¡Ah sí, muy vergas! Acompáñame, por favor.
—¿A dónde?
—A personal.
Y ahí sí, a Buchango le bajó el azúcar. Ir a personal en la primera semana, era como besar el ataúd de su empleo. Pero él, terco y echado pa’lante, se fue con la frente en alto, sin decir ni media palabra. Ya vería cómo zafarse.
Al llegar, la licenciada, una joven de tez blanca, facciones gráciles, pero con una cara de que el universo entero no es digno de su existencia, estaba ocupada escuchando las contrariedades de otro compañero; no obstante, esta estaba más ocupada viendo los corazones que “su ganado” le dejaba en Instagram, mientras le daba un sorbo a su café de Starbucks. Esperaron su turno, mientras Juan se mordía los labios de gusto, mientras Buchango calculaba cuántas lágrimas convenía desprender si se ponía fea la cosa.
Salió el otro cristiano, con una solución a su problema más útil y valiosa que un bolívar en supermercado, mientras Juan se pasaba como Pedro por su casa; sin siquiera avisar.
—Karlita, tengo una…. —¡Licenciada Karlita para ti, por favor! ¡¿Y qué es esa grosería de ingresar a mi oficina sin tocar?! —espetó la fémina, furiosa, mientras pausaba un video que reproducía en TikTok desde su celular.
Karlita no tenía ni dos meses que había ingresado de pasante a la empresa, cuando ya la habían nombrado coordinadora de RH. Todos la odiaban: administrativos y producción por igual. Se rumoreaba que en una de esas ocasiones que se quedó a “ayudar al director de la empresa hasta tarde”, se ganó su puesto con “sudor y lágrimas”, pero sudando en cuatro sobre el escritorio y desprendiendo lágrimas, al prestar el que no ve la luz. Habría sido la mejor candidata para el puesto, si tan solo sus habilidades administrativas y su tacto con la gente, fueran tan magistrales como su proeza en tomarse selfies y buscar zapatos en Amazon.
—Discúlpeme, licenciada, pero esta persona tardó media hora en el baño. Vengo a que le apliquen una acción disciplinaria.
Buchango al principio quedó embelesado por la belleza de Karlita. Jamás había visto a una chica fresa, un café de Starbucks y un Iphone de última gama juntos, fuera de una película mexicana convencional. En cuanto Juan soltó su acusación, Buchango se echó al ruedo sin pensarlo.
—¡No es cierto! Lo que pasa es que él me envidia, siempre anda viendo cómo chingarme.
—¡No digas pendejadas, Buchango. ¿Cómo te voy a envidiar, pinche mugroso?
Mientras este par de simios coléricos casi se arrojaban sus heces, Karlita subía la foto que se acababa de tomar en la oficina a su estado de Whatsapp, con la frase: “"la mejor manera de predecir el futuro es crearlo”.
—¡A ver, a ver, tranquilos! —alzó la voz Karlita, perdón, la licenciada Karlita, más fastidiada que maestra de primaria en viernes, colocando su celular sobre su escritorio—. Gritándose no se van a solucionar las cosas. O sea, a lo que entendí, usted, Buchango, se demoró en el baño, ¿correcto?
—Simón, pero es que había fila, lic. Había un chingo de raza esperando su turno, y siendo honestos, pues aproveché, ya que en toda la mañana no había podido ir al baño.
—¿Y por qué no fue antes? —inquirió Karlita, tajante, con una cara de mamona, que cualquiera quisiera borrar de su cara con una buena bofetada.
—Porque andaba solo surtiendo la línea, y si falta material, luego me ponen un cagadón.
—No es cierto —vociferó Juan, levantándose de su asiento con altanería—. Nadie te regaña, además...
—¡Juan! —interrumpió Karlita—. Todavía no termina Buchango. Por favor, Buchango, ¿el supervisor y tu jefe estaban al tanto de esta situación?
—Desde que llegué, lic. El Juan sabía que el otro materialista no iba a venir, pero me dijo que me las arreglara solo.
—Okey... —musitó Karlita con ojos de halcón sobre su presa, dándole un largo trago a su café.
—Ya después, el sup se enteró, y puso a Juan a ayudarme, pero el vato lo hizo de mala gana, y luego, después de comer, ya fue cuando mandaron a otro vato a ayudar. Ahí fue cuando aproveché pa’ ir al baño, porque ya andaba con el topo de fuera.
Karlita hizo cara de asco, fulminando a Buchango con la mirada, como si tuviera frente a ella un cerote enorme.
—¿Es cierto, Juan? —preguntó Karlita, cruzándose de brazos.
—Pos... en parte sí, pero yo nunca le dije que se las arreglara solo. Estuve buscando al supervisor y no lo encontraba.
—A ver, Juan —suspiró Karlita, frustrada—. Usted es el jefe de grupo, ¿no? O sea, se supone que su trabajo es tomar decisiones y resolver problemas si no está el super. Póngase tantito en los zapatos de Buchango. ¿Por qué no lo ayudó?
Juan se quedó como estatua de sal. Buchango se acomodó en la silla, como quien acaba de ganar una pelea sin tirar un solo golpe, pero entre olor a limón, y el ego de dos machos alfa en conflicto, Karlita tenía que darle vuelta a la página.
—Ambos tienen la culpa, pero como es la primera amonestación para ambos, solo se las voy a levantar por escrito. Esto les va a afectar en futuras evaluaciones, pero esperemos que les sirva, para que maduren y aprendan a trabajar en equipo.
Y así, con la ilusión de que eso arreglaría algo, los dejó ir, pero lo único que hizo, fue echarle más leña al fuego. Volvieron al área de trabajo, sin dirigirse la palabra, como dos tíos peleados por la herencia del abuelo, y terminaron el turno bajo un tenso silencio.
Ya afuera, Buchango fue directo a los casilleros, echó mano de su mochila, y se bañó en perfume como si fuera a una quinceañera. El ritual estaba completo: refrescos fríos, olor a colonia barata y la esperanza de encontrarse con Britany.
Después de un par de minutos, ahí llegó ella, puntual como siempre. Esta vez, el beso fue más cerca de la boca. Buchango sintió el hormigueo: el del amor... o tal vez de las lombrices de su estómago.
—¿Cómo te fue, mijo?
—No, plebe, si te contara…
—¡Pues cuéntame, guapo!
Y mientras le pasaba el refresco, Buchango le soltó toda la novela.
—Qué gachos, mijo. El jefe ya trae bronca contigo. Ya es pedo personal.
—Simón, yo también pienso lo mismo. Pero no me voy a dejar. Vamos a ver quién se quiebra primero.
—No te dejes, y si te empieza a hostigar, tú ve a personal. Que para eso están.
—Sí, mija, desde hoy voy a documentar todo.
—¿Y ya sabes dónde se para tu camión?
—Sí, allá como a siete camiones de aquí, se medio llena, pero sí hay lugares.
—Qué bueno. Oye, mañana traigo comida de mi casa, voy a traer mi especialidad.
—¿Neta? Entonces yo pongo las Cocas.
—Sí, pa’ comer rico.
Y ahí, entre cortejo y promesas de comida, Buchango sintió que tenía el terreno ganado. Él sabía las reglas del juego en la jungla maquilera: si en menos de dos semanas no había propuesta sería, el macho era automáticamente degradado a “amiguis”, y esa era una etiqueta que Buchango no iba a permitir. Su reloj biológico de conquistador estaba corriendo.
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