Capítulo 33 / "Pactó con el diablo"

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Buchango ya tenía un plan tan infalible, como la diarrea después de unos tacos de tripa del tianguis. Este viernes sería día clave para consumar su conquista: un ritual ancestral que involucraba Coca Cola bien fría, un poco de colonia pirata, y un chorro de labia. Era imposible que Britany resistiera el embate. Ya se veía con ella en una banca del parque, compartiendo Cheetos rojos con Valentina y planeando la boda por el civil... o por lo menos, una ida express al motel.

Pero por ahora, su jornada había terminado. Los chóferes arrancaron los motores, dejando claro que la hora de partir estaba cerca.

—Bueno, mija, ya me voy a mi camión. La neta esta es la parte del día que más disfruto: estar contigo —dijo con voz de galán de telenovela de bajo presupuesto, mientras se acomodaba la gorra.

—Está bien. Yo igual disfruto mucho platicar contigo, el tiempo se me pasa volando.

—Es hora del momento triste, viejona. Tengo que despedirme de ti, pero me voy lleno de tus recuerdos.

—No te preocupes, guapo, esto tiene que pasar. Hasta mañana.

La despedida fue digna de novela turca. Buchango corrió como si llevara una rosa en la mano y una serenata en el corazón. Saltó al camión que ya estaba en marcha, como si fuera el protagonista de una película de acción rodada en Ecatepec.

—¡Qué tranza, Chofis!

—¡Qué onda, carnalito! ¿Todo al cien?

—¡Al millón, pariente! Con todo menos miedo.

Y ahí, en el asiento de siempre (el preferencial), le empezó a contar al Chofis toda su novela del día, desde la bronca con Juan, hasta el preámbulo de un beso con Britany, exagerando más que un noticiero amarillista. El Chofis solo reía y asentía, mientras sorteaba los baches que les sacaban el aire de los pulmones.

Al llegar a casa, la realidad le cayó como balde de agua helada. Kimberly, su esposa de nombre pero no de emociones, estaba echada como vaca preñada en la cama, con el celular pegado a la cara y la lonja al aire. Cada día se veía más hinchada... o tal vez era Buchango el que cada día la veía menos atractiva.

—¿No hay comida o qué? —preguntó, abriendo el refri y encontrando solo media cebolla y medio limón duros.

—¿Y con qué quieres que cocine, si lo único que das son los pinches bonos? —respondió su madre desde la cocina, ya harta de hacer milagros con $150 pesos y fe en la Virgen de Guadalupe.

Vivían al día, alimentando su ignorancia con el WiFi del vecino con contraseña adivinada: maruchan123, pero eso sí, la ropa bien planchada, los tenis bien limpios, y el TikTok al día. Buchango pasaba más tiempo en su celular que conviviendo con su hijo Natapluma, que se entretenía con una tablet que apenas podía cargar.

La rutina estaba más marcada que el teléfono de la CFE: lunes a viernes era maquila, quejas, celular, tele y a dormir. El sábado tocaba ir con la suegra —otra odisea—, y el domingo lo usaban para curarse la cruda.

La maquila era su escape. Ahí era alguien. Ahí, con chaleco flouresente y botas, nadie sabía que vivía como indigente con plan Telcel Amigo.

Llegó el viernes. El día sagrado del macho en celo. Buchango se había mentalizado: hoy sí se la iba a rifar con Britany. El único problema era que no tenía ni un peso. Su primera semana aún no se reflejaba en el fondo, y sus bolsillos estaban más vacíos que el estómago del Tyson, (su perro). Pero ni modo, ya se había comprometido con el Chofis y a los refrescos con Britany. Necesitaba lana de manera urgente.

—Buenos días, viejón, ¿sabes quién presta feria? —preguntó al paisa, apenas llegó al área.

—Buenos días, paisa. Sí, el Padrino, línea tres. Eso sí, cobra interés del diez por ciento por sema.

—¡Chingón! Le pagó con todo y bendición la próxima semana.

Yajairo, o mejor dicho “el paisa”, eficiente como cajera del OXXO, le pasó el número de teléfono, pero oh, tragedia... Buchango no tenía saldo en su Samsung Galaxy S20 Ultra Instinto, edición "pantalla estrellada".

—Mi paisa, parote: ¿me presta su cel? Nomás pa’ mandarle el mensaje, es que tengo cargando el mío.

Yajairo sacó un viejo BlackBerry, el mismo con el que su tío ligaba en Metroflog. Buchango no se achicó: escribió el mensaje con dedos de plátano y ortografía de guerra.

Mensaje enviado:

«Juenos dias podra preztarme dinero la otra cmana c lo pago zoy buchango»

Y así quedó sellada la solicitud, con humildad, faltas de ortografía y el espíritu de un casanova en apuros. Su plan de seducción seguía en marcha, solo faltaba que el Padrino respondiera. Porque si Britany era la princesa, Buchango estaba dispuesto a ser el sapo… pero uno que supiera pedir fiado.

Una hora después, el Padrino respondió. El paisa, con la emoción de un palomo mensajero con chisme, le mostró el mensaje a Buchango:

<<Buen día, lo veo afuera de la enfermería a la una en punto>>.

Buchango sintió que los astros se alineaban. La comida se acercaba y el trato también. Se puso las pilas en la línea, como si de eso dependiera su libertad condicional, y se alistó para ir con el prestamista sin pendientes.

Llegó puntual al encuentro, pero no había nadie. Cinco minutos después, cuando ya se le empezaba a desinflar el ánimo, se abrió la puerta de la enfermería, salió un hombre con el típico conito de agua y unas pastillas, de piel morena, serio y con lentes oscuros, digno para ser el doble de Morfeo. Buchango pensó: “¿será ese bato?” Y como el tipo también volteó a ver su reloj, no quedó duda: ese era el bueno.

—Buenas tardes, pariente.

—Buenas —contestó el tipo, como secretaria del IMSS.

—¿Usted es el Padrino?

—Así es. ¿Y tú eres...?

—Buchango López, línea ocho, ensamble. Yo le mandé el mensaje, viejón.

—No te había visto antes. ¿Eres nuevo?

—Sí, patrón. No me pagan hasta la otra semana, y ahorita mi plebe necesita pañales y leche. No traigo ni un peso.

—Ya veo. ¿Cuánto necesitas?

—Con una milpa me aliviano.

—La próxima semana me pagas mil cien. ¿Estamos?

—Fierro, patrón.

—Perfecto. Nomás déjame tu tarjeta de nómina como garantía. Yo te cobro directo y luego te doy lo que reste, y tu tarjeta

Buchango, sin dudarlo, le entregó la tarjeta que apenas le habían dado, como quien entrega el alma al diablo por una coquita fría. Sabía que la siguiente semana cobraría solo $1,400 por la falta que se aventó el martes. Entre el abono de Coppel, la tanda, las Maruchan, la peda y el crédito en la tiendita, esa semana le iba a doler como resaca sin menudo.

Regresó justo a tiempo para la comida, y como en todo romance de maquila, Britany ya lo esperaba, sexy y empoderada, calentando su Tupper en el microondas, con cara de “hoy te voy a enamorar, mijito”.

Buchango, con alma de poeta y cuerpo de niño africano, sacó los refrescos y apartó una mesa como quien aparta pasteles en Costco.

Cuando Britany llegó con su banquete, el buchangómetro de felicidad se fue a las nubes. Un asado de puerco con arroz que olía a hogar, a madre ausente, a lo que Buchango solo soñaba viendo MasterChef.

No dijo ni pío. Comió como condenado con último deseo. Ni los del Fonacot lo habían visto tan serio. Solo cuando acabó, habló:

—Estaba bien buena la comida, mija. Ya te puedes casar.

—Gracias, precioso. Ya estoy casada, ¿no te acuerdas?

—Ah, sí —respondió triste, pensando que hablaba del marido.

—Acuérdate: tú y yo somos esposos aquí, tontito.

—Ah, cierto, ya me estaba agüitando.

Al terminar su tiempo para comer, los dos iban rumbo a la línea de Britany, y como buen caballero maquiloco, la dejó en su área.

—Gracias otra vez por la comida, plebita

—No me agradezcas, bien que te lo has ganado. Espérame a la salida, te tengo otra sorpresita.

—Al millón, viejona. Yo también tengo algo para ti.

—¡Ah, caray! Eso sí me interesa —dijo Britany, carcajeándose con sabor a coquita.

Y zas, otro beso cerca de la boca. Buchango sintió que ya estaba en segunda base del manual de seducción maquilera.

Ese día, Juan no se metió con él. Andaba ocupado con la mentada auditoría, como si le fuera la vida en ello. Buchango lo sabía, y también sabía cómo meterle el pie con elegancia.

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Comentarios

  1. Jajajaja puedo imaginar totalmente la escena y los personajes. Aunque nunca he ido a una maquila, prácticamente la veo en mi mente con tus descripciones

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