Capítulo 34 / "Espectáculo incomodo"
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Al llegar al área, Buchango sacó de su bolsa dos limones que había tomado de la cafetería (para las axilas, claro) y justo antes de que llegaran los gringos de la auditoría, dejó los limones bien visibles en el escritorio de Juan, junto con un bonche de servilletas. Una obra de arte moderno.
Llegaron los extranjeros: fotos, preguntas, notas, caras largas... hasta que llegaron al escritorio del compa Juan.
—¿Qué es estou? —dijeron, señalando los limones como si fueran pruebas de terrorismo biológico.
El supervisor y Juan fueron llamados. Se notaba el cabreo, la tensión, el sudor frío. La escena parecía escena del crimen, pero con código de vestimenta industrial.
Después, la reunión.
—Compañeros —dijo el supervisor, más seco que el Río Bravo—. Hoy la auditoría no salió como esperábamos. A partir de ahora, el próximo que meta alimentos al área de producción, será descansado sin excepción.
Todos agacharon la cabeza como en misa, menos Buchango, que por dentro celebraba como si hubiera metido gol en la final.
Y así, con una auditoría fallada, y Buchango victorioso, el día laboral llegó a su fin. La hora más esperada se llegaba: el ritual del apareamiento maquiloco. Camiones alineados, motores encendidos, y en medio de todo, él y Britany, los nuevos Romeo y Julieta proletarios.
—Viejona, te voy a dar tu sorpresa, pero cierra los ojos.
—¡Ay! Qué emoción. ¿Qué será?
Britany cerró los ojos, paró trompita, y esperó. Buchango no dudó. La tomó de la cintura y le plantó tremendo beso. Ella respondió agarrándolo de la cabeza, como si en lugar de beso, fuera respiración boca a boca.
Fue un beso tan largo, tan meloso y tan apasionado, que los choferes y pasajeros que espectaban su cortejo, se empezaron a incomodar. Cuando encendieron los camiones, era más por pudor que por prisa.
—Qué rico beso —dijo Buchango, con cara de emoji pendejo.
—¡Me ganaste! Esa era mi sorpresa. Ahora tendré que pensar en otra —contestó Britany, acomodándose el sostén.
Buchango traía al cíclope llorando lágrimas de pasión, y se le notaba en la entrepierna las ganas de irse temprano un viernes. Se aplicó la clásica: mano en la bolsa y mirada al horizonte, como si filosofara sobre la existencia y el propósito del hombre
—Ya me voy, plebita, porque me deja el camión.
—Sí, corre, guapo. Hablamos por Messenger.
Y así, con el hocico empapado de amor y los pantalones apretados de deseo, Buchango se fue al camión. Tenía la cartera vacía, pero el corazón lleno. Porque en la jungla maquilera, hay días que no se compran... ni con cheque completo.
Buchango venía reventando de felicidad, casi flotando en el aire como trapo de baño con suavitel; no aguantaba las ganas de contarle al Chofis su hazaña amorosa. Apenas subió al camión, se sentó en el bote VIP y empezó a soltar la sopa, mientras se mensajeaba como puberto caliente con Britany.
—¿Y luego qué? ¿Cómo va a estar lo de mañana? —preguntó el Chofis, sin dejar de espejear por si se subía alguna dama de dudosa reputación.
—Ya en la noche, viejón. Nomás cae con lo que te vayas a empinar, ahí nos rayamos pa’ la botana.
—¡Ah, cabrón! ¿Pues no que tú ibas a llevar a las morritas? —preguntó el Chofis, con la ceja arqueada.
—A huevo que sí, pariente. A esas les pones música, alcohol y un filtro de Instagram, y jalan con ganas.
El Chofis se quedó pensando un instante, tratando de entender lo que había dicho Buchango, y cuando por fin entendió, explotó de risa.
—Ya entendí, que lleve lo que voy a tomar. ¡Jajajaja! Arre pues, ya está. Te marco como a las siete, ya que ande en el OXXO. Me caes ahí, porque la neta no sé ni cómo llegar a tu cantón.
—Fierro, nomás no te me vayas a rajar, viejón, que ya están bien puestas las plebes.
—No, ¿cómo crees, mijo? Diles que lleven unas cubetas, porque les voy a dar leche hasta para llevar —dijo el Chofis, haciendo un movimiento indecente con la cadera.
Ambos se carcajearon como chachalacas en cantina, y siguieron cotorreando, hasta que le tocó bajarse a Buchango.
—Dale, mijo, me bajo aquí en el OXXO. Voy por un seisito, que ya me lo gané.
—Míralo, ¿vas a empezar desde ahorita? —dijo el Chofis con sonrisa de cómplice alcohólico.
—Nel, pá. Es pa’ desestresarme del jale.
El Chofis soltó otra carcajada.
—Está bien, mijo, yo hasta mañana me desquito. Ahorita me queda jale por arrastrar.
Buchango compró una cajetilla de cigarros y su six bien sudadito, con el dinero malhabido que le prestó el Padrino. Se sentía como un narco nuevo, con poder ilimitado, pero con sueños grandes. Así que llegó a su casa, sacó la bocina mamalona, se acomodó en el patio y empezó a empinarse sus cheves, escuchando puro ruido de degenerados musicales a todo volumen.
Kimberly, confundida y con el ceño arrugado, salió con el chamaco en brazos a ver qué pedo.
—Hola, ya ni saludas cuando llegas —dijo, bajándole a la bocina con una mano, mientras el pequeño Natapluma masticaba la cortina.
—Ya vas a empezar... Te digo que nomás quieres estar chingando —respondió Buchango, abriendo una lata como si fuera el botón de autodefensa.
—Uy, qué genio. Si no te dije nada malo...
—¿Y qué te extraña? Si siempre estás tirada viendo TikToks y compartiendo frases de “mujer herida”.
—¡Eso piensas tú, pero yo soy la que te lava, te plancha y cuida a tu hijo, idiota!
—No, pos qué difícil. Así hasta yo me aviento —dijo, abriendo otra cerveza como si fuera argumento.
—Y si te gusta, si no me voy con mi mamá. Ya te dije, yo soy así y no voy a cambiar —gritó Kimberly, azotando la cortina que hacía de puerta, como adolesente enojada.
Buchango subió el volumen y la ignoró, aplicando la clásica: “déjala, ya se le pasara”. Kimberly, como toda tóxica de corazón herido, empezó a llenar sus redes con indirectas, frases de canciones de Jenni Rivera, con imágenes de Harley Quinn y uno que otro TikTok de “ya no soy la misma”.
Hasta que se acabaron las cervezas, Buchango decidió entrar a la casa. Para su suerte, su santa madre ya andaba en la cocina echando humo de papas.
—Qué tranza, jefita. ¿Qué está cocinando?
—Unas papitas fritas, hijo —respondió meneando el sartén como DJ de barrio.
—¿Otra vez papas, jefa?
—No hay pa’ más. Es pa’ lo único que alcanza con los mendigos bonos que me diste —dijo, poniéndose la mano en la cintura, como doña Florinda enojada.
—Tenga, jefa —dijo extendiéndole un billete de cien pesos, como si fuera inversionista de Shark Tank.
—Oh, gracias, hijo. No me vaya a hacer rica —respondió con sarcasmo de madre desilusionada.
Buchango se sentía rico en Venezuela, todavía le quedaban setecientos pesos del préstamo. Así que se puso generoso.
—Ten, pa’ que te compres algo —dijo arrojándole un billete de doscientos a Kimberly, como si estuviera lanzando rosas desde un balcón.
—¿Y eso? ¿De dónde lo sacaste? —preguntó Kimberly, más desconfiada que esposa de trailero.
—No preguntes, tú agárralo.
Buchango se sentó a ver la tele con su hijo Natapluma, como si todo estuviera normal. Kimberly salió nomás por su plato de papas y regresó al cuarto en silencio. Faltaba poco para que empezara la narcoserie favorita de la familia, pero esta vez, cada quien la vería por su lado, como buenos enemigos conyugales.
El pequeño Natapluma cayó rendido como soldado, tras ocho horas continuas de derretirse el cerebro frente a la tablet, viendo videos de monos gritones y caricaturas pirateadas. Eran las diez de la noche y el mal del puerco comenzó a tumbar a Buchango. Agarró al escuincle como costal de papas y lo aventó a la cama, con más técnica que amor. Kimberly seguía despierta, mirando el techo con la misma cara de decepción.
No obstante, Buchango andaba bien alterado. Una escena candente en su narcoserie le había puesto al chilpayate interior a tocar tambores. Así que, ni tardo ni perezoso, se le pegó a Kimberly como calcomanía de propaganda política, iniciando el ritual sagrado de la reconciliación.
—¿Ya cenaste? —susurró al oído de Kimberly.
—Ya —contestó cortante.
—No me gusta que estemos así.
—Ni a mí. Voy a tratar de cambiar, créeme —respondió Kimberly, mientras se le escurría una lágrima.
—Yo también... Lo prometo.
De pronto, entre falsas promesas y lágrimas, dignas de campaña electoral, se fueron enredando hasta que la conversación se volvió jadeo, y el jadeo en gemidos. El colchón temblaba como gelatina de kermés, mientras el pequeño Natapluma soñaba que rebotaba en un trampolín inflable.
Buchango no estaba ahí por amor, o porque le importaba Kimberly, estaba por la descarga de instintos. Terminó su participación exprés como actor de película porno pirata, y se quedó dormido en menos de un minuto, roncando como pug con congestión nasal.
Kimberly, por su parte, se quedó viendo al techo con cara de “¿ya?”, hirviendo por dentro como olla exprés con la válvula tapada. Se levantó al baño y, como ya era costumbre, sacó su pepino, el cual era más fiel y cumplidor que Buchango, del cajón.
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