Capítulo 35 / "Propuesta maternal"
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Y así se llegó el tan ansiado sábado, ese día sagrado para Buchango, donde todo olía a cheve fría y desmadre “controlado”. El plan era claro: ver a su compa el Chofis, pero antes, tenía que hacer el circo de cada sábado: visita a los suegros y partidito con el equipo "Los Rechazados FC".
Como siempre, Buchango se despertó tarde, mientras Kimberly ya andaba movida en la cocina preparando el desayuno. Después de tragar sin decir mucho y alistarse, agarraron camino a casa de los suegros. El transporte público parecía una pecera con aire acondicionado del infierno, y el camino se sintió eterno, entre baches, sudor y frituras con salsa rebajada.
Buchango iba vestido como para ir a la esquina por tortillas. Kimberly le reclamó por no arreglarse, a lo que él, bien fresco, contestó:
—¿Pa' qué? Si al rato tengo partido y no me voy a andar cambiando nomás pa' que me vea tu jefe con camisa planchada.
Lo cierto es que el suegro lo odiaba con odio jarocho. Nunca le perdonó que embarazara a su hija, después de que ya le había pagado la universidad, y se la llevara a vivir a un cuartito con techo de lámina y olor a humedad.
El señor era abogado, de los de corbata apretada y cara de "no me mires, porque te demando". Siempre que podía le decía a su hija que lo dejara, que todavía podía enderezar su vida, pero Kimberly ya estaba tan acostumbrada a la mediocridad conyugal, que no le molestaba tanto el fracaso, mientras no le faltara el WiFi.
La suegra, en cambio, ya lo había aceptado. Al principio lo quería enterrar con cal, pero con el tiempo se resignó. Después de todo, ella también había dejado los estudios por un embarazo inesperado, así que no estaba para juzgar mucho.
Tras una hora de camino y sudor incómodo, llegaron. La suegra los recibió con una sonrisa fingida, pero decorosa.
—Hola, mija. ¿Cómo han estado? Ya los extrañaba.
—Bien, amá. Nosotros también ya te extrañábamos —dijo Kimberly, mientras le aventaban el escuincle como si fuera balón de americano.
—¿Y cómo está mi hermoso nieto? —preguntó, pellizcando los cachetes con manchas blancas de Natapluma.
Entraron a la casa como si fuera hotel cinco estrellas. El aire acondicionado estaba a todo lo que daba, y Buchango se aventó en el sillón como marrano al lodo.
—¿Les ofrezco algo de tomar?
—Un refresquito, porfa —dijo Buchango, mientras ya se hacía uno con el mueble.
—Sí, mamá. Lo que tengas frío está bien —añadió Kimberly, con la voz todavía cansada por el trayecto.
Ya entrados en plática, y medio tragando lo que les ofrecieron, la suegra tiró la bomba:
—Oye, hija, deberías continuar con tus estudios. Algún día podrías necesitarlos, y aparte harías sentir muy orgulloso a tu papá.
Y ahí quedó el ambiente, como cuando en la fiesta alguien menciona a un ex. Kimberly nomás bajó la mirada, y Buchango fingió que no escuchó, sacando su celular como quien revisa algo importante, cuando en realidad solo abría el Candy Crush.
Buchango tragó saliva, como si se le hubiera atorado una Halls en el gaznate. Volteó a ver a Kimberly, con una mezcla de miedo y celos pasivo-agresivos, de esos que solo el típico macho alfa de la maquila puede experimentar. Le aterraba la idea de que su “hembra” lo rebasara en sabiduría y terminará siendo la licenciada, mientras él seguía comiéndose su lonche sudado en la hora de comida.
—Ya no puedo, amá —aventó Kimberly con ese tono resignado. —Necesitaría trabajar pa’ pagarla y luego, ¿Quién cuida a Natapluma?
—Mira, el otro día estaba hablando de eso con tu papá, y me dijo que él te la paga, siempre y cuando le eches ganas y la termines.
—¿Y Natapluma?
—Que tu marido lo cuide, ¿o qué? No se va a morir por hacerla de niñera un rato. Aparte, nomás son dos añitos. Se van rápido.
—No sé si a mi viejo le puedan dar el cambio de turno —respondió Kimberly viendo a Buchango, quien disimulaba quitándose los pellejos del codo como si le importara un carajo.
—Faltan cinco meses para que empiece el semestre. Que pida el cambio desde ya, a ver si pega.
—Pos deja lo hablamos bien —dijo Kimberly entre pensativa y resignada, como quien se está mentalizando para pelear con un simio necio.
—¿A poco no te gustaría que tu mujer se titulará, yerno? —tiró la suegra directo a la ingle de Buchango, con esa sonrisita dulce, pero cargada de veneno pasivo.
—Pos sí, pero no creo que me den el cambio, no soy operador —respondió temeroso, a echar por la borda todo su avance con Britany.
—Pues háblalo, mijo. Si no te lo dan, renuncia y consigue otro trabajo en tercer turno. Al rato que Kimberly se gradúe, van a estar mejor. Un sacrificio de ahorita pa’ no tragar tierra toda la vida.
—Sí, pero como dice ella, hay que platicarlo… como pareja.
—Bueno, hija. Me avisas la otra semana qué decidieron, pa’ decirle a tu papá.
—Sí, mamá, no te preocupes yo te aviso.
Después de esa intervención materna con aroma a “despierta, hija”, comieron y se fueron a tomar el transporte de regreso, pero como era de esperarse, el trayecto de regreso fue una mezcla entre telenovela y episodio de “Caso Cerrado”, con el soundtrack de las cumbias del transporte público.
—Oye, estaría bien que terminara la escuela, tú también deberías de terminar la secundaria, así podríamos conseguir mejores empleos y hacernos de nuestras cositas —dijo Kimberly, con la esperanza de que las palabras de su madre tuvieran un impacto positivo en Buchango.
—¿Y cómo chingados le vamos a hacer? Yo llego bien madreado del trabajo —tronó Buchango, mientras se colgaba del tubo del camión como si fuera un stripper frustrado.
—Solo será un tiempo. No toda la vida, ya quiero salir de esta vida de mierda —respondió Kimberly con voz quebrada, pero firme.
—¿Y pa’ qué? ¿Pa’ que te gradúes y me dejes por un licenciado? ¡Ni vergas! Si aquí no les falta nada.
—¡Eres un puto egoísta! ¡Solo piensas en ti! Ni sabes si el niño comió o si tiene calzones. ¡Ya me tienes hasta la madre, Buchango!
Y claro, todos los del camión bien metidos en la trama, hasta el payaso que se había subido a dar show quedó atónito y una doña que llevaba sus bolsas de mandado hasta se persignó.
Al llegar a la casa, Buchango, sin decir más se puso su short de fútbol con el resorte vencido, echó su camiseta apestosa a la mochila, y se fue a su juego. No porque amara el fútbol, sino porque al terminar, el DT siempre organizaba la peda con los del equipo. Hacía negocio redondo, vendiendoles el alcohol de su licorería.
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