Capítulo 36 / "Sábado de gloria"
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Llegando al campo, Buchango saludó a los compas con el clásico saludo de palma y puño. El juego arrancó y, como siempre, lo metieron al minuto 80, solo para que siguiera dando para el arbitraje y justificar su asistencia. El marcador fue el de siempre: derrotados y ardidos.
—Se lucieron, cabrones —gritó el DT como si hubieran ganado la Champions—. Les voy a pichar un veinticuatro.
Y pues ya sabrán, no les dijeron dos veces. Subieron a la troca y, en menos de lo que canta un gallo, ya estaban con la hielera, la bocina a todo volumen y el chisme fluyendo.
Eran las 7:30 pm, y Buchango ya estaba planeando el after con sus primas y su cuñada, esas que siempre sacaba como comodines para armar la peda con plebitas “gratis”.
Y claro, faltaba el bro del alma: el Chofis. Así que le marcó, con el celular de un compañero ya medio bañado en cheve.
—¿Qué tranza, viejón? ¿Le vas a caer o qué pedo? Las plebitas ya te están esperando.
—¡Arre, mijo! Estoy listo desde hace una hora, nomas que andaba en un jale. ¿Dónde te veo o qué?
—En el OXXO, donde quedamos.
—¡Arre pues! Llego en diez.
—Fierro, pá. Ya voy para allá.
Buchango llego al OXXO con el hocico seco y la cara aterrada, cuando de pronto empezó a sonar a lo lejos, un corridón bien alterado, de esos que no sabes si es música o anuncio de que se va a desatar el Apocalipsis. Volteaba como venado lampareado, buscando de dónde chingados venía el escándalo, cuando de repente vio a “El Chico Malo” girando en la esquina, eso era lo que decía la enorme calca pegada en el vidrio frontal del camión del Chofis.
Relucía tanto que parecía recién salido de la agencia, pero en realidad brillaba de puro pecado. Con luces led y adornos que derrochaban opulencia, o pobreza al invertir todo el cheque en un camión que ni siquiera era de él, en la puerta traía una imagen de San Judas bien vergas, como diciendo: “Juditas cuida mis pasos”.
Buchango brincó como padre con monaguillo nuevo, y fue a tocar la puerta con emoción. La puerta se abrió de madrazo y le cayó encima una ráfaga olor a Fabuloso concentrado, y un reventón de bajos, que lo mandó tres pasos para atrás, como si lo hubiera empujado el espíritu de Juan Gabriel.
—Qué tranza, mijo —saludó el Chofis, bajando el volumen, mientras se le marcaba la risa hasta los cachetes.
—Qué rollo, viejón. Pensé que ibas a rajar, y mírate nomás… con todo y nave de lujo.
—A huevo, mijo. Esta madre es mi motel con ruedas. Las cortinas no son de adorno, eh —dijo el Chofis guiñándole el ojo, como si acabara de inventar el pecado.
—¿Y esa hielerita qué, pá?
—Me armé un cuarenta y ocho. ¿Crees que con eso jalamos mijo?
—Nel, déjame traigo otro docesito, pa’ que no nos falte veneno.
Buchango regresó al OXXO y volvió cargado, como padre soltero en día de visitas. Subió al camión y lo echó a la hielera, con toda la fe del mundo.
—Ya quedó, viejón. Fierro por las plebitas. Tú échales el ojo y escoge con confianza, tú nomás apunta.
—Yo pa' eso soy bueno, mijo. ¿Están lejos o qué?
—Aquí en corto, pasando el arroyo. Yo te voy diciendo por dónde.
—Pues vámonos recio, canijo. Fuga por las nalguitas —remató el Chofis, metiendo primera y subiendo la música a niveles ridículamente altos.
Mientras el Chofis maniobraba esa bestia de acero, Buchango iba atomizando Fabuloso, como si lo fueran a rentar por hora. Al llegar al destino, se bajó como alma que lleva el diablo, y entró a una casa de adobe, con un letrero fosfo brillante que decía: “se venden chilindrinas y chocobananas”. El lugar olía a fritanga y malas decisiones.
Diez minutos después, salió escoltado con tres morras: Nataly, Kendra y Rocío, parecía que iban a los Grammy y que se habían maquillado con un tutorial de Facebook.
—Mira, viejón, te presento a mis primas y mi cuñada. Son a toda madre.
Las plebitas saludaron al Chofis de beso, y él, muy en su papel de don Juan camionero, se acomodó la gorra y soltó:
—Mucho gusto, yo soy el Chofis, pa’ las mijas.
Se subieron al camión y se fueron directo a la peda, mientras sonaba Conjunto Primavera como si los trajeran en vivo. Buchango repartió cheves y levantó la primera como si fuera cáliz de misa, y se la tomó de un sorbo.
La cuñada (Rocío), ya había superado a Kevin. Aunque todavía se mantenía en comunicación con él. Los fines de semana eran para el desestres… y para mantener la carne blanda.
Llegando a la fiesta, la bocina de tripié escupía banda a todo volumen. El aire olía a cheve caliente, caguama sudada y mota de segunda. Los vatos gritaban como gaviotas espinadas, y las morras se reían como si no hubiera un mañana.
El Chofis y Buchango bajaron la hielera como si fuera el arca de la alianza, la pusieron al lado de una mesa de lámina, con más historia que Belinda. Buchango presentó al Chofis con orgullo, como quien presenta a su padrino de bautizo.
Una hora después, el Chofis ya le estaba tirando rollo a Kendra, y la otra prima se había ido con unos cholos, con tatuajes hasta en las uñas. Así que Buchango y Rocío se quedaron solos, y la plática se puso más personal.
—Qué bueno que tú sí jalas a las fiestas, plebe. Mi vieja se aprieta mucho —dijo Buchango, medio torcido.
—Es que ustedes encargaron a la cigüeña luego luego, y ahora a aguantar vara —contestó Rocío, soltando una carcajada con olor a cerveza.
La música de banda paró de golpe, y de pronto, ¡reguetón! Las morras gritaron como si les hubieran dado un vale de Shein, y todos se levantaron a perrear.
El Chofis parecía pulpo con Kendra, y Buchango aprovechaba para acariciar la pierna de su ex-cuñada, como quien prueba el guisado antes de servirlo.
A eso de las doce, la cheve ya escaseaba. El DT —que siempre aparece a la hora de la necesidad— organizó la coperacha para las clandestinas, (mismas que él les vendía al doble del precio), y Buchango soltó sus últimos billetes, no por generoso, sino para no quedar como tacaño frente a las morras y su nuevo compa. "La peda es primero", se dijo a sí mismo mientras veía su cartera vacía.
A las dos de la mañana, la escena parecía reunión de Narcóticos Anónimos: sólo quedaban dos camaradas, las primas, Rocío, el Chofis y el DT. Ya en cuarto grado de ebriedad, Buchango le robó un beso a Rocío y ella no sólo no se quitó, sino que respondió con lengua y todo. ¿Sería el alcohol? ¿Sería el morbo? Quién sabe, pero la cosa ya iba sin frenos.
Calientes como Maruchan recién hecha, buscaron un rinconcito para seguir con el faje. Fue cuando Buchango, en su infinita genialidad, dijo:
—Vamos al Chico Malo, allá sí nos acomodamos chido.
Pero al llegar, ¡madres! La puerta estaba cerrada y compezaron a escuchar un ruido extraño.
—¡No mames, ¿escuchas eso?! —Susurró Buchango, intrigado y con la calentura medio cortada.
—Sí... suena como un perro tomando agua, suena... raro.
—Capaz que el Chofis metió uno pa’ que cuide el camión.
—¿Un perro? ¡A esta hora! No seas menso.
Y justo cuando ya pensaban irse, escucharon un fuerte gemido húmedo y sabrosón. Se voltearon a ver y soltaron la risa, como dos adolescentes en el baño de la secundaria.
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Esta co madre
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