Capítulo 37 / "La cruda realidad"

Capítulo anterior Aquí
No necesitaban más pistas: el Chofis y Kendra llevaban más de una hora que habían "ido por cigarros". Todo apuntaba a que sí habían conseguido la lumbre también.
Se asomaban con el morbo a tope, con ganas de ver qué cochinero se traían dentro del camión, pero las cortinas no dejaban ver ni madres. Ni pedo, la calentura no perdona, así que Buchango y Rocío terminaron dándose un rapidín ahí mismo, a un ladito del “Chico Malo”, como si fuera el área VIP del motel.
—Lo siento, viejona, es que te mueves bien rico— soltó Buchango, tratando de justificar la pólvora mojada que tronó a los tres minutos.
—No te apures, todo queda en familia— respondió Rocío entre risas, mientras se subía la braga.
Una hora después, ya medio despeinados pero bien frescos, regresaron a la fiesta, pero el DT los interceptó con cara de pocos amigos.
—Ey, ya váyanle bajando de huevos, mi señora se encabronó porque vio a dos cogiendo junto a la ventana— dijo serio y claramente molesto.
Ya eran cerca de las tres de la mañana, y la raza empezó a irse sin armar pedo, como buenos borrachos responsables. Buchango, todavía medio briago, sacó su celular y le marcó al Chofis.
Después de la quinta llamada, el Chofis por fin contestó, con voz de “me agarraste a medio palo”:
—Oye, güey, para que tires paro pa' dejar a las morras en su cantón.
—Aguántame diez minutos, carnal. Ahorita caigo.
Y sí, al rato llegó el Chofis, con la prima de Buchango bajando como Miss Universo después del after: toda despeinada, labial corrido y una sonrisa como si hubiera visitado Disneylandia.
—¿Dónde se metieron, cochinos? Se desaparecieron casi dos horas— preguntó Rocío fingiendo demencia.
—Es que no encontrábamos los cigarros que queríamos, y tuvimos que caminar hasta el OXXO —contestó Kendra sonrojada.
—Ajá, y yo me chupo el dedo, mira —dijo Rocío, mientras se metía el pulgar a la boca en señal de "sí, cómo no, vieja zorra".
—Fierro pues, para dejarlas, que ya se está calentando este sector, viejón— dijo Buchango apurado, al escuchar a lo lejos la sinfonía trágica de una patrulla.
Todos se subieron al camión, esta vez sin música, nomás recordando el desmadre y riéndose como adolescentes después de su primera peda seria.
Al llegar a la casa de las primas, ellas bajaron como reinas de feria, y quedaron solos el Buchango y el Chofis.
—¿Te chingaste a mi prima, verdad, puerco? —preguntó Buchango, con la sonrisa más cómplice del universo.
—Si ya sabes cómo soy, ¿pa' qué me invitas, pá?
—Para eso son las pinches viejas, pariente, no se agüite.
—¿Nos viste o qué pedo?
—No mames, se escuchaba hasta afuera del camión, viejón— respondió Buchango entre carcajadas.
—A la madre, entonces sí me rifé buen jale.
La plática siguió entre risas, chismes de alcoba y promesas de futuras pedas, hasta que llegaron al cantón de Buchango.
—Aquí es, viejón. Su humilde casa pa’ lo que guste y mande.
—Gracias, pá. A ver qué se arma la próxima sema.
—Arre, hay nos ponemos de acuerdo. Ya me anda por babear la almohada.
—Ya dijo, pá. Nos vemos el lunes.
Y después de despedirse del Chofis con palma y puño, Buchango entró a su casa como zombi de película de bajo presupuesto: arrastrando los pies, con el hocico seco y los pantalones a medio culo. Eran las cuatro y media de la mañana, cuando se dejó caer en la cama, pero el universo le cobró factura: La cama giraba como el demonio, haciendolo vomitar a un lado de la cama.
Kimberly lo escuchó, pero prefirió hacerse la dormida. Ya sabía que si decía algo, el cabrón se hacía la víctima, o peor, le tocaba un sopapo.
Al día siguiente, a las diez de la mañana, el pequeño Natapluma ya andaba hambriento. Kimberly se lo llevó a la cocina a darle algo, con tal de no hacer ruido y despertar al patrón. porque Dios guarde la hora en que lo despierten antes del mediodía un domingo.
Ese era el protocolo sagrado: si había hambre, ni modo, se esperaban a que su majestad Buchango decidiera levantarse.
Los domingos solían comprar menudo, carnitas o barbacoa, según el antojo. Pero esta vez, había un pequeño detalle: Buchango ya no traía ni pa’ un chicle. Todo se lo había mamado en la peda de la noche anterior. Hasta las monedas acabaron en la cooperación para las clandestinas.
Y ahí estaban: Kimberly, el niño y un refrigerador vacío, esperando a que al menos el hambre se fuera solo con agua de la llave.
A las doce del mediodía, el alma volvió a entrarle al cuerpo a Buchango, pero no sin antes dejarle una jaqueca endemoniada, y un hambre que parecía que traía el estómago más vacío que carpeta de investigación en fiscalía.
—¡Flacaaaaa! —gritó desde el cuarto, con la voz rasposa como escape de vocho.
—¿Qué quieres? —respondió Kimberly.
—Ya no estés enojada, flaca. No me gusta que estemos así.
—Pero es que siempre es lo mismo contigo, Buchango. Siempre llegas pedo y apestando a motel de quinta.
—Ya, mija. Estuve pensando ayer... y sí me gustaría que terminaras la escuela; hay que ver cómo le vamos haciendo, ¿eh?
Ah, pero qué maestro del chantaje emocional era este cabrón. Sabía cómo envolver a Kimberly con frases recicladas, de esas que ya había usado diez veces, pero que seguían haciendo efecto en ella.
—¿Y ayer dónde estuviste? Ya me dijeron que te vieron con una vieja —soltó Kimberly, sin rodeos.
—¿Cuáles viejas, flaca? Si nomás andábamos los del equipo pisteando. Tú sabes dónde es, no creas en chismes —contestó mientras se abotonaba la camisa con calma—. La gente se inventa esas cosas, porque nos tienen envidia. Nos quieren separar.
Kimberly ya conocía esas “cheves con los del equipo”: la última vez que lo acompañó a una de esas, él la ignoró más que a un folleto de los testigos de Jehová. Ya con eso, no le quedaron ganas de volver a ir.
—Pues no es la primera vez que pasa —replicó Kimberly, mientras se cruzaba de brazos, con el hocico más torcido que un cheto.
—¿Quién te dijo esa mamada? —se hizo el indignado, como si fuera un mártir del amor.
—Una amiga que pasaba por ahí. Te vio con una vieja al lado de un camión.
—La única vieja que andaba era la esposa del DT. Ya conoces a esa señora.
—Y traía tu misma ropa, porque mi amiga me describió la misma ropa con la que saliste.
—Ay, flaca, ya vas a andar creyéndole. Esa vieja te está metiendo ideas, porque desde siempre le he gustado.
—Bueno... también ella andaba peda cuando me habló. Mejor ahí lo dejamos.
Kimberly soltó la bomba, pero sin muchas ganas de pelear. Ya estaba acostumbrada a tragarse los corajes como frijoles recalentados.
—Flaca, ayer le presté doscientos al DT, porque se le ponchó la llanta y andaba seco. Me los paga el sábado. Usa el dinero que te di, compra el desayuno— dijo, mientras le masajeaba los hombros con manos tibias y mentiras frías.
—Ay, gordo… lo quería para ir al tianguis a comprarle ropita al niño.
—Ándale, una semanita más no pasa nada.
—Bueno… pero sí me los das, ¿eh? El niño no tiene playeritas.
—Sí, flaquita. El DT es de palabra.
—¿Y qué se te antoja?
—Fierro por un menudo, algo bien picoso pa' matar esta cruda asesina.
—¿Quién te manda a andar de borracho?
—¡Ay, ya ves! Ya vas a empezar… mejor vamos por el menudo, que ya me anda de hambre.
Y ahí va la familia disfuncional a comprar su anhelado menudo, con una cazuela enorme y abollada, que parecía que la forjaron a mano y la dejaron a medias, salieron a rastrear su desayuno dominguero, con la esperanza puesta en el chile seco y la pancita de res.
Capítulo siguiente Aquí


Comentarios
Publicar un comentario
¿Qué te pareció el capítulo?