Capítulo 38 / "Pura blasfemia"


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Al volver con el botín, Buchango se atragantó como si tuviera días sin probar bocado, pero ni así se le bajó la resaca. Así que, como buen médico empírico, pidió el cambio pa' curársela con una cheve bien helada.

Salió al patio de su casa, se acomodó en un bote viejo de pintura, y se puso a beber su cerveza “medicinal”, al ritmo de corridos bélicos en su bocina fiada, esa que ya debía como 8 abonos.

Mientras tanto, Kimberly lavaba a mano con cara de “me lleva la verga”, y Natapluma, ese pequeño bendecido, jugaba con su tablet, la única tecnología decente de la casa.

La tarde se les fue en la clásica coreografía de la familia moderna jodida: él en el cel, mensajeando con la Britany, Kimberly viendo tutoriales de maquillaje que nunca iba a poner en practica, y Natapluma pegado al YouTube como si fuera intravenoso.

Ese domingo no hubo carne asada ni pizza. Con trabajos alcanzó pa’ unos duros laguneros y sopas Maruchan.

Kimberly quiso tocar el tema de la escuela, pero Buchango, fiel a su estilo, se hizo el descompuesto.

—Ahorita no, flaca. Ando bien madreado. Mejor otro día.

Pero el destino tenía una sorpresa bajo la manga. Esa tarde, mientras la cruda lo tenía arrastrándose, su hijo hizo una hazaña invaluable para esta especie.

—¡Puto! —gritó Natapluma, con la inocencia de un ángel y la lengua de un albañil.

—¡Vieja! ¿Ya escuchaste a tu hijo?— gritó Buchango, cagado de risa, más emocionado que cuando el América mete gol.

—¿Qué dijo?

—¡Dijo puto! Mira, hijo, dilo otra vez… puuuuto.

El escuincle repitió la palabrota como si fuera canción de TikTok, y Buchango soltaba la carcajada cada vez que salía de la bocota de Natapluma. El morrito, viendo que su show tenía éxito, se aferró a repetirla una y otra vez, con tal de mantener la atención de su padre.

—¡Natapluma! ¡Ya deja de estar diciendo esas babosadas! —gritó Kimberly.

—Ay, no exageres, flaca. Es un niño, ni sabe qué está diciendo —respondió Buchango, sacudiéndose las migajas del duro del pecho.

—Por eso mismo no debe decirlas.

—¡Yo no le enseñé! Lo vio en un video de seguro.

—Sí, pero tú le aplaudes como si hiciera algo bueno.

—Uy, ya vas a empezar. Yo digo groserías todo el día y aquí estoy, bien sano, no pasa nada, mujer.

Kimberly ya no respondió. Sabía que explicarle algo a Buchango era como hablarle a una llanta ponchada: no iba a llegar a ningún lado. Se tragó su coraje con la misma resignación, con la que se tragaba la sopa Maruchan.

Llegó la noche y, después de bañarse en modo guerra —balde con agua fría y jabón ZOTE—, todos cenaron lo que quedaba y se acostaron, como si la vida tuviera un botón de pausa.

Llegaría San lunes, día que siempre apestaba a derrota. Buchango despertó como si lo hubieran sacado de un costal, con la cruda todavía abrazándolo por la cintura. Pero algo lo animaba: ver otra vez a su alma gemela de pasillo, Britany.

Se peinó con una precisión milimétrica, limpió los tenis con un calzón sucio que agarró debajo de la cama, y se echó medio bote de desodorante encima, como si eso contará como baño. Agarró su mochila y salió corriendo, pero al ver al Chofis ya en la parada (sin albur), dejó de correr: no fuera a sudar el Axe.

Subió al camión con la gracia de un galán de barrio.

—¡Qué tranza, viejón! ¿Se puso al millón el sabadito o qué?

—¡Con madre, mijo! Hay que repetirla, pá —contestó el Chofis, rascándose descaradamente debajo del pantalón.

—¡Fierro! Yo pongo a la plebada. ¿Va a ser en tu cantón o qué rollo?

—Nel, me cuelga mi vieja. Le dije que iba al taller con el Chico Malo, y todavía ni sospecha.

—Hay que pensarle, porque con el DT nomás se puede hasta las tres, y lo chido es amanecerla.

—Simón, ahora me voy por tu prima o por tu cuñada, la que se deje.

—¡A huevo, pero nomás no me vayas a agarrar a mí también, cabrón! —soltó Buchango a carcajadas.

—¡Nombre! A mí no me gusta el barro, porque me embarro. Yo soy de morritas, ya tú sabes.

—¡A huevo!... Aquí en el camión han de caer de a montón, ¿verdad, viejón?

—¡Pa’ aventar pa’rriba! Ya perdí la cuenta.

—Eres la mera verga, pariente. ¿Me enseñas a manejar o qué pedo? Yo te picho las caguamas.

—Trato hecho, pero primero lo más importante, mijo.

—¿Qué, viejón? —respondió Buchango, intrigado.

—Pues las caguamas, cabrón.

Para estos especímenes con el cerebro en “modo avión”, el trabajo no es pa’ ganarse la vida, sino pa’ ver a qué hembras se ligan. Entre más víctimas, más se les infla el ego de macho alfa de tianguis.

Ya en la planta, después de saludar con dos mentadas y un escupitajo al suelo, Buchango se fue a su línea. Le platicó su épico fin de semana al Paisa, con lujo de detalle, incluso narrando su acrobacia sexual con su cuñada, como si fuera una película extendida de BRAZZERS. El Paisa, babeaba con la bocota abierta, tragándose todas las falacias de Buchango.

De repente, la línea se paró por un error en el sistema. Para los jefes eso era estrés, pero para Buchango era una señal divina: se fue volando a buscar a Britany, como si la planta fuera su Tinder personal.

—¿Qué onda, plebita? ¿Dormimos juntos o qué rollo? —musitó Buchango por detrás, restregándole el camarón de Maruchan, mientras la agarraba de las caderas.

—Pues no dormimos juntos porque tú no quieres, papi —contestó Britany, con mirada coqueta y audaz.

—Fierro, nomás dime rana y yo salto.

—Te pegan agruras.

—A mí no, a ti es a la que te pegan.

—¿Apostamos? —dijo ella, mordiéndose los labios y mirándolo como si le debiera algo.

Traía la bata bien cerrada y una playera para nada escotada. Eso ya era sospechoso. Buchango lo notó.

—Pero eso lo hablamos allá afuera, porque aquí hay mucho chismoso —dijo, mientras le acariciaba la mano con maña de mecánico.

—Y cambiando de tema, ¿Cómo te fue el fin de semana, reina?

—Ya te había dicho, puro pelear con este hombre, me tiene hasta la madre.

—Qué mal rollo, mija, pero ya es lunes y ese güey ya no existe aquí.

—Por eso me gusta venir a trabajar, porque tú me haces olvidarme de todo.

Aunque Buchango era más mañoso que un agente de tránsito, Britany lo traía como trapo de cocina: usado, húmedo y oliendo a huevo. Porque como dice la sabiduría popular que nadie pidió: “el vato llega hasta donde la morra quiere”. Buchango ya estaba tan empanizado, que parecía milanesa de fonda, y eso que ni el pastel había probado, nomás lo olía desde el mostrador.

Después de un par de frases mal actuadas, y una mirada que prometía más de lo que entregaba, llegó el jefe de grupo a romper la escena romántica, como siempre: sin ritmo, sin gracia y con aliento a burrito de frijol frío.

—Compa, retírese a su área, Britany no produce cuando usted está aquí— le soltó, como si fuera su mamá atrapándolo viendo porno en la sala, con la ubre a dos tirones de explotar.

Buchango se fue mascando el coraje y el orgullo como si fueran chicles rancios, y regresó a su área, donde Juan ya lo esperaba con cara de perro.

—Buchango, hay que pagar el paro que Tito nos hizo el otro día. Faltó el materialista de la tres, ve a ayudarles allá.

Buchango no dijo nada. Solo asintió como buen mártir sindicalizado, pero por dentro iba mentando madres y preguntándose por qué carajos tenía que pagar él los pecados ajenos. “¿Y el Paisa qué, se le frunció el alma o qué?”, pensaba, mientras caminaba hacia la línea tres, como si fuera a ser fusilado.

Al llegar, lo recibió un jefe de línea:

—¿Eres el de la ocho?

—Simón, viejón. ¿Qué hay que hacer?

—Ahorita te presento al otro materialista. ¿Cómo te llamas?

—Buchango.

—¡Miguel!— gritó hacia una pila de cajas vacias.

Y de entre las cajas, como criatura mitológica del tercer mundo, salió Miguel: barba de náufrago, pantalón que alguna vez fue azul y un olor que podría espantar a la muerte.

—¿Qué pasó? —masculló Miguel con un semblante marcado por las arrastradas que le había puesto la vida.

—Él es Buchango, viene a ayudar.

Se dieron la mano como dos presos en la misma celda, y se fueron a chambear. Buchango, no podía creer que este pordiosero funcional fuera materialista. “Ni una garra de marca trae el jodido, y encima, apesta como si viviera en las cloacas”.

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