Capítulo 44 / "Viernes de gala"
Capítulo anterior Aquí
Al llegar a casa, Buchango se puso a preparar su outfit como si fuera quinceañero. Pero ¡oh, sorpresa! Las botas favoritas seguían llenas de lodo, y la camisa estrella parecía un pergamino mascado por un burro.
—¡Flaca! ¿Puedes plancharme esta camisa y bolearme las botas? —gruñó Buchango, con tono de patrón que no trae ni para el camión.
—Hazlo tú, si tanto te urge —respondió Kimberly, sin mover ni una ceja del celular, donde estaba stalkeando al vato que le daba “Me encanta” a sus historias.
—Vengo bien cansado del jale, mija, tira paro.
—Ah, pero pa’ estar mensajeando en el messenger y empinándote las cervezas, pa’ eso sí no te cansas, ¿verdad?
—¡No empieces, que no ando con humor pa' tus chingaderas!
—No, primero págame los doscientos que me debes, que el niño ya parece Tarzán, todo descalzo. ¿No te da vergüenza?
—La otra semana. Tuve que abonar los celulares y la bocina. Apenas y traigo pa’l arbitraje del sábado.
—¡No mames, Buchango! ¿Dónde chingados dejas el dinero?
—¡No me la hagas de pedo! Si no te gusta, métete a jalar tú también.
—Pues no me va a quedar de otra, ya que tú nomás trabajas pa' ti y tus putas pedas.
Kimberly se fue mentando madres y dejando las botas empolvadas como estaban. Se le estaba acabando la paciencia, y a Buchango le valía madre, ya tenía la mente en la peda del viernes, no en dramas de viejas fodongas.
Molesto y mentando madres, tuvo que planchar su camisa él solo, mientras lanzaba insultos al aire.
—Pinche vieja huevona, hija de su perra madre... pa’l pinche celular sí tiene tiempo la culera. Ahora sí que como dice el Temach: mándela a la verga, mi compa. Hay más culos que estrellas.
Como las botas estaban pa’l perro, optó por sacar sus Puma Ferrari rojos, esos que sacó en abonos en Coppel, y que solo sacaba en ocasiones muy especiales. Hoy tocaba, se iba a ver bien buchón, aunque oliera a sudor y fritanga al finalizar la jornada.
Dejó su outfit bien acomodadito sobre la silla que estaba a lado de la cama, si, esa misma silla que tenía un montón de ropa sucia, y cadáveres de ratas disecadas. Se echó a dormir, con la mente puesta en la peda, soñando con nalga ajena, alcohol barato y reguetón de fondo.
Despertó al ritmo de los tamborazos de su alarma, era viernes, pero no cualquier viernes. El viernes sagrado para el maquiloco, ese que significa:
- Final del martirio semanal.
- Día para enfiestarse como si no hubiera lunes.
- Día pa' lucir la ropa más perra (aunque huela a suavitel barato).
- Y sobre todo… día de “tiempo extra” con la amante.
Y así, con la moral en la entrepierna y con la mente nublada por influencias mefistofélicas, Buchango se alistó para reventar la noche como solo él sabía hacerlo: mal, pero con estilo.
Ese día marcaría un antes y un después en su gloriosa, aunque bastante jodida, existencia. De esos días que contará con voz de galán borracho en cada peda, por el resto de su vida, aunque nadie se lo pregunte.
Duró una hora acicalándose, depilándose la ceja como si fuera estrella de banda grupera, rasurándose con un rastrillo de navaja oxidada y peinándose con la precisión de un cirujano, pero del IMSS.
Su look era una obra de arte abstracto surrealista: camisa buchona abierta hasta el pecho, pa’ que se le viera la cadena de San Juditas, pantalón Levi’s apretado, a medio fundillo, tenis Puma Ferrari rojos, reloj pirata “Argani”, gorra marca “GUSSY”, mariconera “LV” (Licenciado Valeriano), lentes “Versage” de $120, y el toque final: un litro de Acqua di Gio de imitación, tan potente que hacía llorar a los perros. Su casa quedaría impregnada del tufo hasta el mediodía, borrando por unas horas el hedor a humedad, patas y orines de rata, que eran parte de su ecosistema doméstico.

Subió al camión como si abordara una Suburban blindada. El Chofis, su fiel escudero, lo recibió con un piropo que era mitad halago y mitad carrilla:
—¡A la verga, Buchas! Hasta pareces jefe de plaza, güey. Me dio culo saludarte, pensé que me ibas a rafaguear a la verga —dijo en voz alta, despertando la curiosidad de todos los pasajeros.
—Ya se la sabe, viejón. Hoy es viernes de placer, fiesta y plebitas. ¡Hay que andar al millón! ¡Aaaaay, ay, ay, ay! —gritó Buchango con enjundia, como si le hubieran pisado un juanete.
—¡Eso, chingón! Ayer me armé con unos Puma y una camisa Gucci de doscientas bolas, nuevecita.
—En cuanto lleguemos, foto, pá. Pero de esas que parecemos primos del Nata, puro estilacho, ¡bien arremangados, a la verga!
—Van a pensar que andamos en la maña y que traemos la hielera llena de billetes. Las plebitas van a salir corriendo, pero tras nosotros.
La emoción los desbordaba; iban en modo calle, pero con clase, comentando la estrategia para pistear, ligar y sobrevivir a la peda, sin amanecer encuerados y sin celular.
Buchango agarró los doscientos varos que le dio el Chofis para la cerveza, y los guardó como si fueran lingotes en su mochila belicona. Sabía que ese billete no era para gastarlo, sino para sumarlo al de todos los machos que ya habían confirmado asistencia a la party, y luego entregárselo al Paisa. Este último, ya le había encargado la cerveza a uno de sus primos, según la cantidad de machos que iban a caerle al desmadre. Todo estaba tan organizado, que hasta parecía fiesta de XV años, nomás que sin chambelanes, pastel ni respeto.
Y como siempre que uno cree que todo va saliendo al puro pedo, pasa algo.
En cuanto Buchango entró al comedor de la maquila, se le revolvió el hígado. Sentado como si fuera patrón de recursos humanos, ahí estaba su némesis, Juan, desayunando bien quitado de la pena con la pollita. El vato traía el uniforme completo del buchón promedio: botas vaqueras boleadas con baba de unicornio, cinturón piteado de tres sueldos semanales, y camisa que parecía patrocinada por un cartel. El cabrón parecía recién bajado de un video musical de Fuerza Regida. Buchango lo miró con rabia, pero disimuló el ardor, aunque por dentro ya andaba deseándole que se atragantara con el chilaquil.
La pollita, por otro lado, se veía como siempre: sencilla, con ese look neutro que no llamaba la atención, pero que tenía la ventaja de no levantar sospechas con su marido.
El día transcurrió sin balazos, pero con muchas ganas de darlos. Para antes de la comida, Buchango ya había recolectado mil doscientos varos, una fortuna si se considera que algunos sólo comen maruchan y chicles en la quincena. Les había dado a los machos dos opciones: pagar su cooperación de doscientos, o caerle con su propio consumo, bien a la “traes o no entras”. Ya había seis machos confirmados: el Chofis, cuatro gallos de la línea, y él, el Buchas, el que movía el evento como si fuera wedding planner del infierno. En cuanto a las hembras, ya iban cinco confirmadas, pero aún era temprano para saber cuántos corazones iban a latir (y cuántas tangas iban a perderse) esa noche.
Para la comida, el Paisa habia comprado una pizza, y le obsequio la mitad a Buchango, pero nuestro héroe, como todo un Romeo de maquila, tomó su media pizza grasosa y fue en busca de su canquillo, como buen proveedor informal.
Al entrar al comedor, no reconoció a su amada: Britany parecía otra. Cabello planchado como si fuera a grabar la Rosa de Guadalupe, maquillaje grueso como reboco de barda, leggings negros ajustadísimos al borde del colapso, y una blusa tan escotada, que facilmente uno podia contar todas las estrias que se cargaban sus glándulas mamarias. Las quemaduras de la plancha ya casi ni se notaban, la crema milagrosa había hecho su trabajo.
Todos los machos presentes giraron el pescuezo como perros en carnicería. No miraban, devoraban. Las mallas dejaban poco a la imaginación y mucho a la perversión. Se podía leer la etiqueta de la tanga con lujo de detalle.
Capítulo siguiente Aquí


Jajaja siempre lso mejores capitulos
ResponderEliminarMejor que la Rosa de Guadalupe
ResponderEliminar