Capítulo 53 / "Descansados"
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Y así, nació una de las rivalidades más peligrosas del ecosistema maquilero: dos hembras alfa peleando por el trono de reina. Guerra anunciada, tragedia en proceso.
Ya en el área de trabajo, Buchango seguía enchilado. Según él, Kimberly debería estar llorándole, rogándole amor eterno, pero la realidad era que la morra vivía más a gusto sin él. Tenía jale, apoyo de sus papás, el niño comía bien y hasta Netflix sin comerciales veían.
Y para acabarla, la habían puesto a trabajar justo en el área vecina de Britany. El clima se puso más tenso que cachetada en misa. Solo una podía salir coronada como la hembra alfa.
Mientras tanto, Buchango andaba surtiendo material en la línea, todavía mascando su coraje, cuando se le fue el pedo y surtió un material equivocado.
La que descubrió su pendejada fue la Pollita, que al instante le fue a dar el chisme a Juan.
—¡Juan! —grito la morra.
El vato se acercó, con cara de "¿Qué pedo?".
—¿Qué pasó, baby? —dijo Juan todo empalagoso.
—Este material no es el correcto. Está mal surtido.
Juan revisó las hojas y sonrió. Había esperado tanto ese momento.
—¿Y quién fue el pendejo que surtió esto?
—Buchango, bebé —contestó la Pollita con tono de “me vale, pero te aviso”.
—Tenía que ser ese cabrón —sonrió Juan, y se fue a buscarlo con ansias de guerra.
Buchango andaba abriendo cajas cuando sintió la sombra del enemigo encima.
—¿Qué chingados te pasa? ¿Estás idiota o qué? —le gritó Juan, parándose firme.
Buchango se irguió como gato erizado y aventó el material con coraje.
—¿Y tú quién verga te crees pa’ hablarme así, hijo de tu reputa madre? —contestó, ya con las venas del cuello haciendo lagartijas.
—Te hablo como se me pegue la chingada gana, pendejo. Surtiste todo mal —y le aventó las hojas en el pecho como si fueran citatorios.
—Bájale de huevos, pendejo, no sabes con quién te estás metiendo —advirtió Buchango, escupiendo pa’l lado como gallo de pelea.
—Me vale verga quien seas, pinche animal, ya vete a limpiar tu cagadero que la línea está parada por tu culpa —cerró Juan, también escupiendo, como si el piso fuera la víctima.
Un show digno de carpa, con dos machos alfa echando lumbre por la jeta.
Buchango sabía que la cagó. Se tragó el orgullo y salió en chinga a cambiar el material. El pedo era que el almacén estaba lejos, y con lo lentos que son, eso ya era perder puntos con el supervisor.
Y tú sabes, en maquila 10 minutos es como si hubieras matado a alguien. No buscan soluciones, buscan culpables pa’ colgarlos.
Buchango regresó con el diablito, jadeando, sudando, con la vergüenza colgándole del cuello. Ahí estaban el supervisor y Juan, con la mirada encima como si fuera el juicio final.
La línea volvió a correr, pero el ambiente olía a despido.
—¡Buchango, venga por favor! —tronó la voz del supervisor.
Y allá va nuestro héroe, quitándose los guantes, cabizbajo, como si fuera al matadero.
—¿Qué pasó, jefe? —dijo Buchango mientras se quitaba los guantes.
—¿Qué fue lo que pasó, Buchango? ¿Por qué te equivocaste de material? —preguntó el inge con los brazos cruzados.
—Pues la neta… no me fijé bien cuando me lo dieron. Ando bien tronado de la cabeza, jefe, traigo un chingo de pedos personales.
—Ah, pero pa’ andar de Don Juan, bien atento ¿verdad? —interrumpió Juan, como siempre, oliendo a cizaña.
—Juan, ya siéntate, cabrón. Nadie te pidió tu opinión, además ya me contaron del pedo entre ustedes —dijo el inge mientras giraba su pluma como si estuviera a punto de firmar un despido.
—Ya les había advertido, y esta vez sí voy a actuar: los voy a descansar a los dos.
—¿Pero por qué a mí, inge? ¡Si él fue el que vino a ofenderme! Pregúntele a la plebe, ahí están los testigos —suplicó Buchango, con voz de mártir.
—Si te hubieras quedado calladito, a lo mejor te salvabas. Pero ya me dijeron que se dijeron hasta de lo que se iban a morir —respondió el inge.
—Pues ya ni modo, acepto que me dejé llevar —dijo Juan, como quien acepta que la cagó pero se quiere ver maduro.
—Fierro, jefe, ya qué. Lo que caiga.
—Al rato les hablan de laborales. Mientras pónganse a jalar, que no están en el IMSS —remató el inge con tono de fastidio.
Y por primera vez en la historia de estos dos especímenes maquileros, estuvieron de acuerdo en algo. Volvieron a jalar, cada quien rumiando su coraje, y no pasaron ni treinta minutos cuando apareció una diosa de Recursos Humanos, bien empacada, con su gafete y todo, pidiendo por ellos.
—Juan, háblale a Buchango pa’ que acompañen a la señorita —ordenó el supervisor con esa voz hueca de hombre que sabe que no manda en su casa.
Juan fue, como perrito regañado, por Buchango. Caminaron detrás de la muchacha como dos niños llevados a la dirección. Ya en la oficina, se sentaron frente al escritorio de la musa, evitando verse como si tuvieran una orden de restricción.
—A ver, chicos… ¿Cómo estuvo el desmadrito? —preguntó la morra con voz dulce, dándole un sorbo sensual a su café mientras cruzaba las piernas como en comercial de perfume.
Los dos especímenes empezaron a hablar al mismo tiempo, como en pelea de gallos, puro cacareo y ni una idea clara.
—A ver, ¡basta! Uno por uno, que no estoy entendiendo nada —interrumpió la dama con elegancia, pero con voz que daba miedo.
—Es que… la neta traigo un chingo de broncas, no me concentro —intentó explicar Buchango.
—Aquí no vienes a llorar tus penas, se viene a jalar, mijo —interrumpió Juan, como metiche en velorio.
—¡Juan! Déjalo terminar —dijo ella con firmeza, como maestra de secundaria. —Siga, Buchango.
—Pues sí… me equivoqué de material, y este cabrón me gritó e insultó en plena línea. Y pues yo no me iba a dejar.
—¿Es cierto eso, Juan?
—Pues sí… pero no le grité. Nomás le hablé fuerte. Y dice que no se concentra, pero bien que se la pasa cuchicheando con las morras.
—Me envidias porque me visto mas chingon que tú, perro. Siempre estás buscándome pleito —saltó Buchango, ya caliente, poniéndose de pie como si estuviera en "Caso Cerrado".
Juan se carcajeó como burro borracho, y también se levantó:
—¿Envidia yo? Primero báñate, pinche mugroso primaria trunca.
—¡Tú rasurate, pinche indigente! —respondió Buchango sin dejarlo respirar.
La escena se descontrolaba como fiesta con banda y caguamas. Pero la chica los puso en su lugar.
—¡Ya estuvo! Me queda claro que ustedes dos no se quieren. No me importa quién empezó. Pero este pleito se acaba hoy. Y si no, voy a tener que cambiar a uno de área… o turno. ¿Queda claro?
Ambos asintieron como perros regañados, mientras se volvían a sentar con las orejas agachadas.
—Tú, Buchango, te vas descansado martes y miércoles. Y tú, Juan, miércoles y jueves. ¿Alguna duda?
Los dos negaron con la cabeza, sin chistar. La morra, que parecía modelo de catálogo, tenía más autoridad que el supervisor y dos jefes de grupo juntos.
—Sirve que se ven menos, y piensan si vale la pena seguir con esta absurda pelea. Firmenle aquí y ya se pueden ir.
Salieron de ahí con la cara más larga que la lista de morosos de Coppel. Llegaron a la línea y siguieron jalando como si no se conocieran.
Ya a la salida, Buchango se echaba un cigarro afuera de la planta. Pensaba en cosas profundas, como que ya no le iba a estar comprando refrescos a Britany, total, ya se la había comido.
Pero de pronto bajó los lentes: Kimberly salía bien risueña, con un vato mamadisimo, de esos que hacen crossfit nomás para subir stories. Buchango hizo como que no los vio, pero la tripa se le retorció.
Poco después llegó Britany, bien arregladita, oliendo a Victoria’s Secret de imitación, abrazándolo como si no hubiera visto al vato en semanas.
—¿Por qué tan solo, guapo? —preguntó mientras lo abrazaba.
—Pos aquí, amor… ya sabes, me descansaron por culpa del jefe de grupo, pendejo.
—¿El mismo que te puteaste en la fiesta?
—El mismo, plebita. Y con un chingo de deudas que traigo, ya no sé ni pa’ dónde correr.
—A ver, cuéntame bien cómo estuvo el pedo.
Buchango le soltó toda la historia, con el toque de telenovela, echándose flores y culpando al mundo.
—No, pos sí está cabrón, mijo. Pero los pedos no se van a acabar mientras tú y ese culero sigan juntos —respondió Britany, fingiendo que le importaba.
Los dos continuaron hasta que llegó la hora de salida. Buchango corrió a su camión como si le debiera al cobrador.
—¿Qué tranza, pá?
—¿Qué onda, viejón? ¿Ya viste el nuevo look del "Chico Malo"? —dijo el Chófis, señalando con los ojos.
Buchango volteó y se le cayó la quijada: tremenda pantalla colgada en el camión, parecía cine rodante.
—A la verga, viejón… ¿y esa pantalla? El "Chico Malo" ya parece OVNIBÚS.
—Me la vendieron unos camaradas, pá —dijo el Chófis orgulloso.
Buchango la miró más de cerca y se le revolvió el estómago… ¡Era igualita a la que le habían robado a su jefita!
—Está perra, pariente. ¿Cuánto te la dejaron?
—En mil quinientos, pá.
—¡No mames! Está regalada. ¿Y de dónde es tu compa?
—Vive enfrente de tu cantón, pá. También me vendió una bocina bien perra.
Buchango se quedó helado… ahora todo cuadraba. Ya sabía quién le había vaciado la casa. Pero en vez de armar pedo, se tragó la rabia como siempre.
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