Capítulo 54 / "El ultimátum"

 

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—Fierro, pariente… a ver si luego le caigo.

Ya casi era hora de que Buchango se bajara del camión, pero antes de que eso pasara, el Chófis se le volteó con esa sonrisita que pone cuando anda de buena onda:

—Oye, pá, si quieres quédate hasta que deje a toda la raza, pa’ seguir cotorreando. Al final te dejo en tu cantón, al cabo ya nadie te pone gorro, ¿o sí?

—Fierro, viejón. Soy alma libre, a la verga —contestó Buchango, echando pecho y con los ojos rojos de tanto pinche polvo.

Siguieron platicando como dos secretarías del IMSS, con los corridos bélicos retumbando en las bocinas del camión. Cuando ya nomás quedaba el Buchis, el Chófis cumplió como compa y lo aventó hasta la puerta de su casa.

—Vamos a decirle al Brayan que te role una tele, ese güey es a toda madre —dijo el Chófis, tronándose los dedos.

—¿El Brayan? ¿Es tu camarada?

—Simón, desde la primaria lo traigo en la lista.

—Al millón, pero le caigo otro día, ahorita traigo un cagadero con unas chingaderas que se llevó la pinche loca de mi ex.

—Arre pues, pá. Yo también ya me tengo que pelar, que la fiera ya mandó mensaje y cuando ruge... ruge.

—Gracias por el aventón, fierro pariente.

—Ahí nos wachamos, Buchis.

Y se fue el Chófis, echando polvadera por toda la terracería, como si se estuviera despidiendo del tercer mundo con estilo. Mientras tanto, Buchango, entre amputado y triste, se tiró en su mugrienta cama sin tender, pensando en cómo chingados iba a salir de todos sus pedos de lana.

Se quedó viendo los rayos del sol colándose entre los agujeros de su techo de lámina, como si fueran señales divinas de que el mundo no lo quería. Y así, nomás rumiando sus miserias, se quedó dormido.

Y en un abrir y cerrar de ojos se llegó el jueves, y Buchis —siempre con el hambre de chingarse un golpe de suerte— se dijo: “Hoy sí, me meto a la quiniela, a ver si me cae algo.” La vez pasada no pegó ni una, pero ahora iba a pedirle paro al Paisa, el vato que cada lunes se pone la del Santos como si fuera uniforme de gala, y que ya había pegado varias veces.

Sin mucha fe pero con todas las ganas, Buchango se le arrimó a Miguel bien temprano:

—Qué tranza, Mike. ¿Cómo estás, viejón?

—¿Cuál viejón, cabrón? Ya te dije que no me andes hablando así, pinche meco.

—Perdón, carnalito, se me fue el rollo. Oye, ¿traes quinielas?

—A huevo que sí, mi rey. Pero esas las entrego en lunes pa' que me las pagues el martes, ¿ya se te olvidó o qué pedo? Si ya me habías comprado antes.

—La neta sí se me fue el rollo, traigo un chingo de broncas, ando como perro.

—Pos lástima Margarito, el lunes te espero, y ya no estés chingando que traigo jale.

Miguel se dio la media vuelta, pero Buchango tuvo una epifanía de esas que nomás llegan cuando no has desayunado:

—¡Eh, Mike!… ¡Aguanta, aguanta, carnal!

—¿Qué chingados quieres ahora?

—Pues... ¿no quieres que te ayude? Te cobro y te vendo quinielas. Tú nomás me das una comisión.

—Mmmmm... deja veo, mañana te digo qué show.

—Confía en mí. No te voy a fallar, compa, soy cabrón.

—Ya te dije, mañana te aviso si me sirves, ya no estés mamando.

—Está bueno, aquí ando, al pendiente.

Miguel se fue rumiando la idea. Si Buchango se encargaba de andar correteando raza y cobrando, él se podía tirar a la maca un rato. Pero eso sí, tenía que sacar cuentas, porque tampoco era de regalar la feria.

Todo parecía ir viento en popa… hasta que en una de esas vueltas que se daba “pa’ despejar la cabeza", Buchango se topó con Kimberly. Justo iba saliendo del baño. Buchango se la quedó viendo con ojos de perro rabioso. No aguantó, y soltó el veneno.

—¡Oye! —ladró con el ceño fruncido y la quijada trabada.

—¿Mande? ¿En qué te ayudo? —respondió Kimberly con voz fingida, como si se tratara de un cliente en Coppel.

—Quiero ver a Iker. ¿Cuándo me lo llevas pa’ verlo?

—Cuando te hagas cargo de él, entonces hablamos. Mientras, ni te me acerques —dijo ella, cruzándose de brazos.

—No puedo darte dinero, morra, gano una miseria, apenas si me alcanza pa’ tragar.

—Pues ese ya no es mi pedo. Si quieres ver a tu hijo, ya sabes qué hacer. En lugar de estarte tronando los pulmones, tragando caguamas y comprándote tus pinches lentes pirata, deberías ayudarme.

—Ya vas a salir con las mismas mamadas que te meten tus papás, ¿verdad?

—Ya estuvo bueno. Tienes dos semanas para empezar a reportarte. Si no, te voy a meter la demanda por pensión alimenticia, así que vete preparando.

—¡Valiendo verga! —gritó Buchango, estampando el puño contra la pared como todo un hombre que no quiere hacer ni madres. —Te lavaron el coco esos ruquillos.

—No me lo lavaron, me ayudaron a abrir los ojos. Antes era una pendeja, ahora ya no.

—Como quieras. Ya me voy pues.

—Vete, lárgate, como siempre lo haces. Huyendo de todo.

Eso último fue como un pinche trancazo al orgullo. Buchango se regresó hecho la madre, la agarró del brazo con coraje, apretando fuerte. Kimberly se puso tiesa, con la mirada ida, como si hubiera viajado al pasado, a esos días donde la violencia era rutina.

—Mira, pinche vieja puta, que te valga verga lo que haga con mi vida. Yo voy a ver a mi hijo, aunque no quieras.

Kimberly se quedó congelada. No soltó palabra. Solo recordó. Buchango se largó encabronado, echando lumbre por la nariz. En cuanto volvió a su área, el Paisa ya lo estaba viendo con cara de “¿y ahora qué hiciste, cabrón?”

—¿Cómo ve, don? Mi ex anda chingue y chingue que le dé dinero, que si no me mete demanda.

—Aguas, paisa —dijo el Paisa, acomodándose en unas cajas—. Mi ruca le metió demanda al papá de la niña. Ese bato es técnico de mantenimiento y cada semana le sacan una feria… sin levantar un dedo.

—Pobre cabrón, ha de andar con la cartera flaca y los huevos igual.

—Nel, no creas. Dicen que nomás le quitan el treinta por ciento, pero es de todo: cheque, ahorro, bonos, utilidades, y hasta del tiempo extra. Lo tienen bien desarmado.

—A la verga, viejón. Si a mí me clavan el treinta, me quedo sin cigarros y sin cheves.

—Pues ni modo, paisa. Te toca meterle duro al jale o agarrarte una mamá luchona que cobre pensión... como yo —dijo el Paisa soltando una carcajada y dándole una palmada de esas que dejan entumido.

—Una sugar no suena tan mal... pero que también me cocine. ¿No? —dijo Buchango con media sonrisa, tratando de reír pa’ no llorar.

La hora de la comida llegó, y como buen par de amantes obreros, Buchango y Britany se formaron por el mismo guiso, en el mismo comedor y con la misma raza. Las charolas rechinaban, las doñas del servicio mascaban chicle como prostitutas, y ellos, ahí, sentados uno frente al otro, como siempre.

Dato cultural innecesario: En la fauna maquilera, el 99% de las parejitas comen cara a cara. Y no es por amor ni ternura, sino por puro control territorial. En una entrevista a uno de estos especímenes se reveló el motivo real: “Pa’ que no voltee a ver a otra pinche gata, y yo poder estar al tiro si alguna se le arrima.”

Al terminar su tiempo en la cafetería, se fueron al área de Britany como era de costumbre. Camino, los rebasó Kimberly como si trajera caca ajena en los calzones, casi trotando hacia la puerta de salida bien agarradita del brazo del aborigen mamado que parecía sacado de un TikTok de gym.

—Mira nomás, allá va la piruja de tu ex —soltó Britany con veneno en la lengua y pose de reina del tianguis.

—Sí, van en chinga a jainear —respondió Buchango, tragándose la rabia con una sonrisa forzada.

—Ay, qué celosito me saliste, qué te valga verga lo vayan a hacer.

—Celos mis huevos. Es coraje porque la cabrona no deja de chingar con la pensión, que si no le doy me va a demandar. ¿Para qué verga quiere dinero si trabaja? Seguro pa' gastar con ese cabrón.

—Pues sí, ha de ser vividora. Un primo mío dejó la maquila y se metió a la obra nomás pa' que no lo chingaran con la pensión. La vieja se paseaba bien fashion y el chamaco todo chamagoso con el pañal colgando.

—Yo igual ya jalé en la obra… y pa’ volver a lo mismo, nel. Ya pensaré qué chingados hacer, plebe.

Llegaron al área de Britany, se dieron un beso forzado con sabor a celos, y se separaron. La rivalidad entre Britany y Kimberly ya no era tensión, era dinamita con la mecha prendida. Era cuestión de tiempo, pa’ que explotara el cagadero.

Antes de llegar a su línea, Buchango se desvió con el padrino que no se había reportado. El señorón le dio su tarjeta y los mil cincuenta pesos que le quedaban. Buchango repartió feria como patrón: pagó los cigarros, el perfume barato, y todavía le quedaron seiscientos setenta pesos libres pa'l fin de semana.

El día siguió sin novedad… hasta que faltando poquito pa’ la salida, se le arrimó Miguel, el vato de las quinielas, con cara de pocos amigos.

—Oye, güey… Sí voy a ocupar que me tires paro con las quinielas, pero si te me haces pendejo o me haces tranza, te va a cargar la verga.

—Al millón, pá. Confía en mí, no te voy a fallar. Neta ando bien jodido, me urge feria, por eso le voy a echar todos los kilos, y así ganamos los dos, fierro pariente.

—Me vale verga tus pedos. Mientras no me falles, todo chido.

—No te preocupes, Mike. Te voy a quedar bien. Vas a ver.

Miguel se dio la vuelta y lo dejó con la mano en el aire como pobre pendejo.

—¡Ya dijo, Mike! Yo me encargo que tus quinielas lleguen hasta el pinche comedor —gritó Buchango con falsa emoción mientras el otro ya ni lo pelaba.

Sabía bien el riesgo de andar de tranza en la maquila, pero la necesidad lo tenía tragando orgullo. Ya se imaginaba como el Pablo Escobar de las apuestas, bañado en billetes y rodeado de ricardas del segundo turno.

Y es que estos especímenes no miden consecuencias; se lanza al desmadre como marrano al lodazal, con todo y cara de “ahorita veo cómo me salgo”.

A la salida, esperando a Britany, Buchango presenció una escena digna de telenovela de barrio: Kimberly saliendo bien abrazada del vato mamado, felices, contentos, y hasta combinados los outfits.

—Pinche vieja puta y ofrecida —murmuró entre dientes, con la mirada de simio ardido.


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