Capítulo 55 / "Duelo de divas"

 

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El otro güey ya sabía quién era Buchango, así que la abrazó más fuerte en posición de trenecito, como marcando territorio. Caminaron así hasta desaparecer en el estacionamiento, burlándose sin decir palabra.

Nuestro héroe, por no llorar, se hizo pendejo, fingiendo ver otra cosa. Pero por dentro estaba hecho cagada.

“Me ha de querer dar celos la pinche vieja puta”, pensó tragándose la bilis.

Dato cultural innecesario: La maquila es tierra de nadie. Cuando entra una mujer nueva, los machos la huelen desde la inducción. No han terminado de firmar el contrato y ya tienen tres pretendientes echándole ojo.

Minutos después salió Britany, y como no se podía quedar atrás, Buchango la agarró de la cintura, también en trenecito, como para decir: “yo también traigo lo mío, culeros”. Y después del fajecito en el camión de Britany, corrió a tomar el suyo, donde ya lo esperaba el Chófis bien emocionado.

—¿Qué onda, mijo? ¿Vamos a ponernos bien locos este viernes o qué?

—Nel, viejón, ando seco. No traigo feria.

—Cálmese, pá. Yo pongo las cheves nomás con que lleves nalguitas.

—¡Fierro, eres la mera verga, viejón! Te voy a llevar puras plebitas de las que no piden Uber pa’ irse.

—Ya dijiste, güey. Mi vieja se va con la suegra el viernes. Tenemos mi cantón libre como prostíbulo abandonado.

—¡Al millón, compita! Mañana invito unas panochitas. ¿Tienes bocina? La mía se la tumbaron cuando se metieron al cantón.

—Sí, pá. La que te dije que había comprado. Chulada.

—Ah… ok —dijo Buchango con cara de “esa era mi bocina güey ”.

Ya con la casa del Chófis libre y lista pa’l pecado, nomás faltaba convencer a Britany y que ella llevara una amiga. Entre sus primas y las conocidillas, había hembras de sobra… lo malo era que iban a faltar vergas. Nomás les faltaba un macho más.

Llegando a su cantón, Buchango empezó a alistar su ropita como si fuera quinceañera. Sacó la camisa chida, la que todavía traía la etiqueta del Soriana. Mandó mensaje a las primas (menos a la panzona) y le tiró el calzón digital a Britany:

<<Ola prexiosa 😘 m invitaron a 1 fiesta mañana fierro o q?>>

Britany leyó el mensaje, se rió tantito y lo ignoró. Dos horas después, contestó:

<<No lo se flakito 🤔 esk el sabado tengo q yebar al niño a ver a su papa >>

<<Bamos t mando tempra a tu kasa 🙏 acabo ba ser aki cerca>>

<<No c flaquito 😞 no kiero andar toda amanesida>>

<<Andale 🙏 xfa no kiero dejar morir a mi compa el Chófis 😢>>

<<Mañana te digo flaquito si? 😬>>

<<Si presiosa 😘 sino c puede ni pedo 😞>>

No alcanzó a contestarle más. Le había llegado el marido. Como ya sabíamos, el vato también era camionero, y los viernes desaparecía hasta el mediodía del sábado. Así que Britany, como cada semana, dejaba encargados a los morros con su mamá que vivía cerca. Nada nuevo, ya era costumbre eso del “tiempo extra”.

Buchango planchó su única camisa decente, le sacó brillo con un calcetín viejo a los tenis y alistó sus tiliches para el día siguiente como si fuera a presentarse en los Premios Grammy del Parque Industrial. Pasó horas combinando sus tres prendas favoritas como si tuviera que impresionar a la Reina de Inglaterra, cuando la neta nomás iba a querer provocar arrepentimiento y celos a Kimberly.

Ya que dejó todo acomodadito, se tragó una sopa instantánea con más sodio que agua, y se fue a mimir como si al otro día fuera a cambiar su vida.

Sonó la alarma media hora antes de lo normal, porque era viernes y los viernes se arreglaba más que quinceañera en misa. Salió de su humilde jacal todo arremangado: camisa tiesa de tanto almidón, tenis relucientes como si los acabara de robar, y cadenas de tianguis que brillaban más que su futuro.

Subió al camión como todo un buchón de medio pelo y no tardó en hacer su entrada triunfal, perfumado con medio frasco de Loción Brava pirata, el mismo que te hace lagrimear aunque no lo huelas.

El Chófis, que nomás esperaba el primer pretexto para tirarle carrilla, le suelta la bomba:

—Buenos días, señor Komander. ¿Dónde va a ser el concierto?

—¿Qué concierto, viejón?— respondió Buchango, riéndose todo chiveado, como niño.

—¡A chinga! ¿Qué no eres el Komander?— remató el Chófis, riéndose como si le hubieran contado un chiste.

Buchango se sentó en su trono: un banquito exclusivo que le había hecho el Chófis con una cubeta de pintura y tablas recicladas. El Chófis puso un remix del Conjunto Primavera a todo lo que daba. El camión parecía una limusina nopalera: olía a Fabuloso con sudor, cortinas rojas que parecían sacadas de un table barato, y luces LED azules que daban el toque de antro de pueblo.

Al llegar a la maquila, Buchango se acomodó en la entrada con su cigarro a medio prender y el Bad Bunny sonando a todo volumen en su cel. La neta, parecía influencer de rancho. Solo esperaba ver pasar a Kimberly con su nuevo vato para tirarse al drama interno.

Y cómo pedido al universo, se aparece la mamalona: una Cherokee 4x4 que traía más luces que un árbol de Navidad y más stickers que un cuaderno de secundaria. Eso sí, las llantas más pelonas que su billetera. Del monstruo bajaron Kimberly y su novio mamado, y a Buchango se le retorcieron las tripas de la envidia. Él ni bici tenía, y estos vato ya andaban como narco de colonia tercermundista.

Kimberly venía arreglada como si fuera a grabar novela, y sí, era obvio que también traía plan maquiavélico. Al ver la escena, Buchango se metió al comedor como niño regañado, con el ego más doblado que su salario.

Unas horas después, ya en la línea, Buchango se le arrimó a Miguel, el nuevo, pa tantearlo:

—Oye, Mike, ¿quieres caerle a una peda hoy, saliendo del jale?

—Ah chingao, ¿y eso por qué o qué? —respondió Miguel, con cara de no saber si era fiesta o trampa.

—La neta, me caes chido y van a ir varias plebitas… y pos estamos cortos de machos.

—¿Dónde o qué?

—En la colonia Nuevo México.

—Simón, sí ubico. ¿Qué hay que llevar?

—Nomás un veinticuatro, pa’ compartir con las morritas.

—Arre, jalo —dijo Miguel como si le hubieran ofrecido boletos VIP.

Buchango se sacó de onda de lo fácil que aceptó. Lo que no sabía era que Miguel era bebedor de tiempo completo y que ya tenía en la mira a Britany.

Ya todo pintaba bien pa’l compa, hasta que llegó la hora de la comida. Él y Britany estaban empacándose unos tamales tiesos cuando entra ella: Kimberly, con su vato de gimnasio y toda la actitud de modelo en pasarela. No faltó el Godínez morboso que murmuró: “Está bien sabrosa, socio…”

Buchango y Britany, como buenos ardidos, nomás tiraban veneno:

—Pinche vieja ridícula, ni sabe caminar con tacones.

—Ya sé, mira a ese vato, parece que no tiene ni para camiseta, la trae toda rota.

Britany, ya calentona, se levantó de la mesa como si fuera a desatar la tercera guerra mundial:

—Ahorita vengo, voy por tortillas, flaquito.

Y en eso se topa a Kimberly sirviéndose salsa. Britany se la deja caer con el hombro alevosamente.

—¡Ups! Perdón, querida, no te vi —dijo Britany, toda hipócrita.

—Pinche animalote, deberías traer torreta como los montacargas —le responde Kimberly limpiándose.

—¿Qué me dijiste, pendeja?

—Que estás bien flaquita mi amor… provecho —remató Kimberly, dándole la espalda como reina del drama.

Britany se quedó como guajolota mojada, nomás alcanzó a gritar:

—¡Pinche vieja cula!

Luego regresó con Buchango, lista pa’ chismear.

—¿Adivina a quién me topé?

—No sé, ¿a quién?

—A la piruja de tu esposa.

—Ya no es mi esposa, entiende.

—Se la hice de pedo y se fue corriendo, la ridícula.

—¿Qué pasó o qué?

—Me dijo gorda, piruja, y no sé qué tantas mamadas. Y yo, pues obvio, no me dejé.

—No le hagas caso, pura envidia la que te tiene.

—Ay no, yo a esa arrastrada cuando la vuelva a ver, la voy a desgreñar.

Buchango ya ni caso le hacía. Mientras ella seguía vomitando coraje, él nomás pensaba en la tele, la casa del Chófis y en la peda de la tarde.

—¿Y luego qué, hermosa? ¿Vas a ir a la fiesta?

—Sí, guapito. Por eso me traje los leggings que te gustan.

—Ahora sí te los voy a quitar con los dientes, mija.

—¡Ay, payaso! —respondió Britany, haciéndose la santa aunque ya sabía que no tenía salvación.

Más tarde, Britany se encontraba dentro de un baño. Y justo cuando estaba a punto de salir, escuchó a Kimberly entrar, echando cizaña con una doña:

—Qué guapa, mija, ¿a dónde vas?

—Mi novio me va a sacar a comer, saliendo de aquí.

—¡Ah, qué bien! Me imagino que tienes muchos pretendientes, tan bonita tú.

—Salen muchos, pero ninguno vale la pena. Están casados, viejos o son unos inmaduros.

—Aquí todos son “solteros” hasta que les revisas el cel.

—Sí, qué triste. Yo merezco algo mejor. No quiero ser una roba-maridos arrastrada como otras.

Y Britany, encerrada en el baño, con los leggings apretándole el alma, nomás escuchaba esas indirectas con ganas de salirse a trompearla ahí mismo.

—Ay, mija, aprovecha tu soltería, porque esos cabrones casados que te juran bajarte el cielo nomás te quieren pa’ empinarte y largarse.

—No se apure, Doña. Ya conocí uno que era más perro que hombre, y no vuelvo a tragar el mismo vómito.


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