Capítulo 57 / "Los infiltrados"
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Rugió el estéreo del Chico Malo, retumbando con Bad Bunny mientras el camión avanzaba. Cuando llegaron por las primas, ¡sorpresa desagradable! Se subió también la cuñada tóxica, esa misma que Buchango no había invitado ni por error.
Todas saludaron al Chófis y a Buchango menos la última. Ni lo peló. Obviamente Britany lo notó.
—¿Todas son tus primas?
—Simón, mija. ¿Por?
—¿Y por qué la última no te saludó?
—Ah, cosillas familiares, chismes, ya sabes.
—¿Y por qué la invitaste?
—No la invité, sola se colgó como garrapata.
—Ah, pues qué vieja tan mamona.
—Ya sé, pero ni modo de correrla a patadas.
—Pues sí, muy sus pedos “familiares”.
Ya en el camino, Buchango se puso en modo gallo presumido y le soltó toda la historia del pleitazo a las primas, mientras destapaban latas como si fueran agüitas.
Cuando llegaron a casa del Chófis, bajaron bien ambientados, y este salió con una hielera llena de cerveza, y luego sacó una bocina gigante, muy parecida a la que le habían robado a Buchango... espera... ¡era la misma!
El Chófis había comprado la bocina de Buchango a los mismos lacras que se metieron a su casa.
Buchango se dio color al instante: no habia dudas, esa era su bocina. Todavía traía pegado el sticker mamón del AK47 que él mismo le había embarrado, en un ataque de estética buchona.
—Esta perrona, ¿verdad? Es la que te dije que andaba vendiendo mi compa —soltó el Chófis todo emocionado, pegándole una palmada que casi le saca un pulmón.
—Sí viejón, es igualita a la que yo tenía... se escuchan con madre, y cuestan una feria.
—¡La compre pa’ estrenarla hoy, pá! Ponte unos corridones bien tumbados —ordenó el Chófis empinándose una Tecate como si le debiera la vida.
Buchango nomás prendió el Bluetooth de su cel y zaz, la bocina se conectó en automatico. Pues claro, si era la suya, ya estaba emparejada. Ni un minuto pasó pa’ que empezaran a retumbar en toda la colonia Marraneras los gritos de algún vato tatuado cantando sobre cuernos de chivo, jales mal hechos y plebitas.
—¡A cabrón! Eres una verga, mijo. En corto lo conectaste, yo me hubiera tardado como media hora con el instructivo —dijo el Chófis todo maravillado.
—Te digo que es igualita a la mía... ya hasta la conozco mejor que a la Britany.
—¡Pues dale, mijo! Que estas frías no se acaban solas —exclamó el Chófis abriendo dos latas de un jalón como si fueran sardinas, y dándole una a Buchango.
—Fierro, viejón —contestó Buchango arrebatándole la cheve y chingandosela de un trago.
La música sonaba hasta la tiendita de Doña Cuca. Era de esas pedas donde el objetivo no es convivir, sino imponer tu mal gusto musical a todo el vecindario. Todos gritando como si no tuvieran cuerdas vocales, y moviéndose como si les estuviera dando un derrame.
Una hora después, todo pintaba de maravilla. Pero Buchango tenía curiosidad... ¿y el camarada del Chófis?
—Oye, viejón, ¿no que ibas a invitar a un compa? —preguntó Buchango, medio desconfiado.
—Simón. Es nuevo en la flotilla de choferes. Me dijo que caía al rato. De hecho, tú lo conoces.
—¿Ah chingao? ¿A poco sí, viejón? Yo ni choferes conozco.
—Simón, carnalito. ¡Mira, ahí viene el pinche pelón!
Y dicho y hecho. Se empezó a escuchar un motor diésel bien madreado, de esos que echan humo como fumador de rancho. Levantó tanto polvo que parecía tormenta del Sahara. El ruidazo se paró justo frente a la casa del Chófis, y del camión bajaba nada más y nada menos que Brayan. El mismo cabrón que se había chingado la tele de su mamá y su bocina.
—¡Qué tranza, putos! —saludó Brayan, tirando puño como si no debiera nada.
—¿Trajiste lo que te pedí, mijo? —preguntó el Chófis.
—Simón, eran tres kilos de discada, ¿verdad?
—Sí carnal.
—Aquí está, bro, con todo y grasita.
—Eres una verga, mi Brayan. Mira, él es mi compa el Buchis, es tu vecino.
Brayan lo volteó a ver, pero Buchango apenas si levantó la mirada.
—Oh, Simón. ¿Tú eres el carnal del Kevin, no?
—Simón —respondió Buchango, tragándose el coraje.
—Puras pinaventuras con ese vato. Lástima que lo torcieron.
—¿Tienes carnal, Buchis? Nunca me habías dicho —preguntó el Chófis.
—Sí viejón, pero lo encerraron hace tres años por andar cruzando gente.
—Uff, qué gacho. ¿Cuánto le dieron?
—Cuatro años. Ya mero sale.
—Oye, ¿y esa morra que anda ahí no era su jaina? —preguntó Brayan con cara de puerco viendo torta.
Buchango le cachó la mirada morbosa y cambió el tema en chinga.
—¿Quién quiere otra birria, viejones? —dijo metiendo la zarpa a la hielera llena de hielo aguado.
La neta, Buchango ya estaba nervioso. Temía que su cuñada fuera a soltar la sopa del embarazo frente a Brayan o Britany. Tenía que buscar cómo sacarla de ahí antes de que se armara el chisme.
Mientras tanto, el Chófis y Miguel echaban la discada y hablaban de fútbol como buenos machos básicos. Brayan le tiraba el verbo a Rocío y las primas de Buchango, y Britany con su amiga platicaban con Buchango sobre la trifulca con Kimberly.
Todo parecía ir viento en popa. Y eso que apenas empezaba.
La discada ya estaba lista. Una revoltura de carnes de dudosa procedencia que compraban ya preparada, a precio bajo, pero a pesar de todo, estaban todos formados como si sirvieran cabrito. Se la tragan cada fin de semana y no se hartan nunca. Misterios de la especie.
Buchango le entró como si no hubiera tragado en meses, lo cual era cierto: llevaba toda la semana a base de Maruchan y aire. Mientras comían, nadie hablaba, nomás se veían con ojos de vaca viendo tren pasar y movían la cabeza al ritmo de la música.
Después de la comedera, el alcohol bajó poquito. Pero entonces sonó esa rola... la que activa el chip de la coreografía automática. Todos se levantaron a bailar menos Brayan y Miguel, que nomás miraban como testigos de una especie en celo.
Entre bailes, polvo, y gritos de "¡Eaa!" los vecinos tuvieron que recoger la ropa del tendedero porque parecía que estaban paleando tierra en vez de bailar.
La peda ya traía vuelo para amanecida, pero entonces Britany notó algo raro...
—Oye mijo —dijo entre dientes— ¿por qué te voltea a ver tan feo tu prima?
—Pedillos familiares, los que te dije...
—¿Qué pedillos?
—Un dinerito que le debo a mi tío.
—¿Y cuánto es ese dinerito.
—Doscientos pesos.
—¿Y por eso la hacen de pedo?
—Simón.
—Ay no, qué jodidos, pinches muertos de hambre.
Britany ni se imaginaba la bola de mentiras que le estaba ocultando su macho alfa. Pero ahí seguía, bien sentadita, pisteando.
Unas cheves más tarde, la cosa se empezó a poner más sabrosa, más de barrio, más de reggaetón al oído y besos a escondidas. Buchango con Britany, Miguel con la amiga de Britany, Brayan agarrando parejo con las primas de Buchango, y el Chófis ya bien enganchado con la cuñada embarazada de Buchango.
La morra lo tenía entre ceja y ceja. En su plan estaba dejarse montar por el Chófis y después decirle que el chamaco era suyo, todo para zafarse del desmadrito que Buchango ya no quería aceptar.
Y así, entre corridos, mentiras y cheve caliente, nuestra historia seguía cocinándose. Y lo peor, o lo mejor... apenas iba comenzando.
Cada quien traía su tirada bien clara: el Miguelón iba a esas pedas nomás a cazar borrachas, y esta vez tenía en la mira a la Britany, la misma que desde que la vio entrar a la maquila ya la andaba saboreando como si fuera gordita de la barda. Brayan, por su parte, quería volverle a tumbar al Chófis la pantalla y el sonido de su camión; ya le había agarrado la medida. La amiga de Britany nomás iba a ver si se ligaba al Chófis, porque la Britany ya le había contado con pelos y señales lo que se había aventado con él en la fiesta pasada, que casi le saca el alma por la cola.
El resto nomás iban a empedarse y hacer el ridículo. Aunque con esos datos, ya uno va deduciendo quiénes no iban a ponerse tan pedos y más bien iban a andar al acecho.
En lo que el Chófis se empinaba un perreo endemoniado con la cuñada de Buchango, Miguel activó su plan: vio que la Britany ya andaba caminando en línea curva, así que él y la amiga se acercaron a la parejita con el típico cotorreo hipócrita.
—¿Qué tranza, güey? ¿Todo bien o qué? —dijo Miguel, con esa voz de vato que siempre anda de encimoso.
—Simón, viejón, al millón. ¿Tú qué pedo?
—Todo con madre, está chingón el cotorreo.
—Sí, pariente, y apenas va comenzando, esta madre va pa' largo.
—Gracias por invitarme, loco, ya me hacían falta unas frías.
—Gracias a ti, viejón, te aprecio un chingo, mi Mike —dijo Buchango, todo cálido, abrazándolo como Jesús a Judas.
En eso se arma el reventón nivel Jumanji, todos contra todos, y el perreo se puso más puerco que baño de gasolinera. Miguel aprovechó el tumulto para empezar a sobajear a Britany, restregándole el chile como si fuera gato y ella el mueble. Pero pues ahí, disfrazado de fiesta, parecía "normal".
Dato cultural innecesario: En estas fiestas, las hembras de esta fauna maquilera se arreglan como si fueran a la alfombra roja de Telemundo: minifalda, escote hasta el ombligo y otro cambio de ropa para después del jale.
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