Capítulo 56 / "Voladora de Papantla"

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Kimberly se enjuagó la boca y se despidió de la Doña. Mientras tanto, Britany andaba en el baño con el hocico apretado del coraje. Volteó a ver una de las paredes y ahí estaba, con letras chuecas y rabiosas: “Buchango es precoz y tiene pito chico”. Britany tomó la foto en chinga y se la mandó al susodicho.

<<😡 Mira lo q anda rallando en los baños la piruja de tu ex>>

No había que ser Sherlock para saber quién había sido. Kimberly era la única que conocía el paquete de Buchango sin envoltura, así que la flecha no apuntaba a otra. Pero el pobre héroe no podía ni ver la imagen, porque andaba en su Free Facebook, esa versión tercermundista sin multimedia.

<<Q anda rayando mija? c m akabaron los datos y no c ve nada>>

<<“Buchango tiene pito chico y no se le para” eso es lo k dise.>>

<<A no mms, pinche vieja ardida m las ba pagar>>

<<Ya m artó esa kulera, me vale madre, me las va a pagar 😡😤👊>>

<<A mí también ya m tiene asta la madre 🤬 a la salida la confrontamos a la culera>>

Llegó la hora de la salida. Buchango y Britany estaban afuera de la maquila, más tensos que la sala de urgencias del IMSS. Fumaban como si eso fuera a solucionar sus traumas. Diez minutos después vieron a Kimberly, bien quitada de la pena, parada junto al carro del mamado.

Buchango se le acercó con Britany colgándole del brazo.

—¿Qué te pasa, pendeja?— le tiró Buchango parándose en seco.

—¡A mí no me hables así, imbécil! ¿Qué te pasa?

—¿Crees que no sé que tú andas rayando esas mamadas en el baño?

—Ni idea de qué verga hablas.

En eso, el vato de Kimberly, con cara de “soy instructor de gym”, se bajó de la mamalona y se paró atrás de ella, abrazándola como diciendo “yo aquí marcó mi terreno”.

Buchango tragó saliva, se le bajó el tonito y le dijo en voz baja, como si le diera pena:

—Que no se me para y que lo tengo chico…

Kimberly soltó la carcajada, esa risa burlona que no se aguanta ni Dios.

—¡Pues ni que fuera mentira! Ya tienes fama, mijo.

—Pues fíjate que no, pendeja. Buchango es más hombre que tu viejo ese— metió su cuchara Britany, bien parada con las manos en la cintura.

—¿Y tú qué, pinche trepadora? ¿Quién te invitó?

Y que se le lanza Britany como leona de rastro, pero Buchango alcanzó a detenerla.

—No, amor, no. Te pueden correr, y esta culera no vale el pedo. Yo me encargo.

Con la cola entre las patas, Buchango solo alcanzó a decir:

—Ya no quiero pedos. Pero no hagas esas mamadas.

—Yo no fui, y si no me crees, ese ya es tu pedo— dijo Kimberly mientras se subía a la mamalona, bien empoderada.

Britany hervía del coraje, pero se aguantó porque había peda esa noche y toda la gente ya estaba de chismosa. Al reunirse con la raza, salió de entre unos arbustos un sujeto todo polvoriento. Era Miguel, parecía indigente.

Todos se subieron al camión fiestero, que el Chófis ya traía listo como cantina rodante.

—¿Qué tranza mi rey? ¿Cómo te fue? —gritó el Chófis, chocándole la mano a Buchango con fuerza.

—Al millón, nomás unas bronquillas con la tóxica.

—No se agüite, pá, hoy vamos a reventar. Ya compré seis veinticuatros pa’ empezar.

—Y mi compa Miguel va a poner otro.

—¡Esto se va a descontrolar! —gritó el Chófis subiéndole a la rola del momento.

El chico malo rugió y se fue abriendo paso rumbo a la peda legendaria. Dentro del camión, el ambiente estaba más caliente que micro en maquila: gritos, carcajadas, morras, vatos y un olor a caguama mezclado con desodorante barato.

Después de terminar su recorrido y dejar a todos pasajeros, se dirigieron a la casa del Chofis para iniciar la fiesta. Al llegar, Buchango se sorprendió. Era un terreno enorme, con manchas de aceite, bardas todas chuecas como dientes de buchón y un pitbull amarrado cuidando la entrada. El patio era tan grande que casi daban ganas de meterle un lienzo charro. Bueno, ni tanto, pero se veía perro.

Todos se sentaron en las mesas de plástico que el Chófis había rentado. Era buen anfitrión el güey, aunque todo era cortesía del diésel ordeñado durante la semana.

Pero sin cheve no hay paraíso, así que decidieron ir por la gasolina emocional y de paso recoger a las primas de Buchango. Miguel se quedó con la amiga de Britany, mientras el resto partía rumbo al OXXO.

Buchango, todavía sacado de onda por el rancho del Chófis, le echó flores:

—Qué chulada de casa, viejón.

—Gracias, mijo. Hace poco agarré ese terreno y me cambié con mi doña.

—Está al puro vergazo, más que varios de por aquí.

—Se hace lo que se puede, pá.

—¿Si primero vamos por la cheve y luego por las primas? Es que quiero cobrar en el OXXO y comprarme unos frajos.

—Claro, fierro, en corto le caemos.

Britany, Buchango y el Chófis arrancaron rumbo al OXXO. Al llegar, lo primero que vio el Chófis fue una camioneta perrona, de esas que nomás ves en Facebook Marketplace y te haces ilusiones.

—Wacha esa mamalona, pá, el año que entra quiero agarrar una de esas pa’ andar igual de chingón.

Buchango volteó, y nomás al verla se le apachurró el hígado. Claro que la conocía, ¿Quién no? Esa Cherokee con barra LED chueca y llantas más lisas que trasero de stripper era del novio de Kimberly, el mismo que se creía dueño de todo el pinche parque.

—Sí, está chida… —dijo con tono de “me vale verga”. —Oigan pá, ustedes dos cáiganle al vicio, yo tengo que hacer una llamada —soltó el Chófis, sacando su celular del bolsillo del pantalón.

Britany y Buchango se tomaron de la mano, estilo novela barata, y bajaron caminando hacia el OXXO. En cuanto cruzaron la puerta, ¡tómala!, ahí estaban Kimberly y el mamado, formados para pagar. Ella con una botella de tequila, y él abrazándola como si fueran pareja de quinceañera en TikTok. Obvio, no se habían dado cuenta que Buchango y su leona acababan de llegar.

—Mira qué pinche coincidencia, aquí anda la perra esa. —Tíralos al león, mija, vámonos rápido, la plebada ya nos espera pa’ el desmadre.

Pero el instinto de supervivencia de Buchango lo hizo escabullirse entre los anaqueles como rata en bodega, pa’ evitar que lo vieran esos dos. Pero Britany tenía otros planes, y bien que los aplicó. Se plantó enfrente del pasillo de los condones, y gritó como si estuviera en La Rosa de Guadalupe:

—¡Mira amor, no hay extra grandes! ¿De cuáles te compro? Buchango, con unas kawasakis en la mano, se sintió más rojo que la nariz de Rodolfo. Murmuró como niño regañado:

—Ahorita compramos en la farmacia, plebita, no hagas show.

Pagaron sus porquerías y justo cuando iban saliendo, ¡zaz!, se topan de frente con Kimberly y el mamado. Buchango intentó hacerse el loco, volteando hacia el lado opuesto como artista evitando a los paparazzis. Pero Britany no perdonó, le soltó la mano y se le fue a la yugular a Kimberly como fiera.

—¿Qué traías en la maquila, hija de tu reputísima madre? —gritó como chango bravo, avanzando hacia Kimberly con esos brazos de taquero ponchado. Kimberly intentó hacerse la digna, pero Britany se paró frente al carro pa’ que no se pelaran.

—¡Bájate si muy muy, pinche culona, te voy a acomodar el hocico! —berreó como trailero enojado.

Buchango intentó detenerla, jalandola de la mano.

—Ya mija, tirala al león, no vale la pena.

—Nel, esta piruja me las va a pagar toditas.

Kimberly, sintiéndose con ovarios prestados, se bajó. Claro, no contaba con que Britany tenía cuerpo de luchadora semi pesada.

—Ay mija, ya supérame, pareces panda con ese maquillaje culero— se burló Kimberly, con más huevos que sentido común.

Y eso fue el detonante. Britany le cayó encima como Godzilla, le agarró el chongo y la giró como trompo de feria. Kimberly parecía voladora de Papantla, volando de un lado a otro en el estacionamiento.

No duró ni tres minutos la madriza cuando el abrepuertas del OXXO, un ruco con hipertensión, se metió a separarlas. Britany ni despeinada salió, mientras Kimberly parecía que la acababan de sacar del programa de Laura Bozzo.

—¿No que muy verga, pinche piruja? Que te quede claro quién manda aquí, pendeja.

Subieron al camión otra vez, Britany todavía bufando como toro en fiesta brava, y Buchango bien orgulloso de su guerrera.

—Viejón, ¿viste la verguiza que le arrimó mi vieja a mi ex?

—Nel, compa, estaba ecualizando el estéreo.

—Hubieras visto, parecía muñeca de trapo, viejón.

—¿Neta?

—Simón, no traía nada, esa vieja es puro hocico —metió Britany, sin perder la oportunidad de presumir.

—¿Y cómo comenzó todo?

—Anda hablando pestes de mí, la pinche ardida.

—Es todo, mi Buchis. Elegiste una que vale mil.

—Por eso la quiero, viejón. Está bien loca pero es mía.

—Pues fierro, vamos por las primas, antes de que se calienten las birrias.


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