Capítulo 58 / "La traición"

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Y sí, se me había olvidado mencionar: llegando a casa del Chófis, Britany se puso la faldita matadora y una blusa de las que dejan media chichi libre. En cada sacudida de nalga se le levantaba la falda y dejaba ver la licencia de conducir. Miguel nomás babeaba, con cara de perro en carnicería.
Ese perreo ya era como la danza del apareamiento, puro foreplay tribal. En una pausa musical, Buchango se fue por más cerveza, dejando a su hembra al cuidado de la amiga… y del buitre.
—Ahí vengo, plebada, ¿Quieren chéves?
—Sí, tráeme dos —dijo Britany, bien mandona.
—Yo una —la amiga, toda modosita.
—Yo todavía traigo —dijo Miguel, más concentrado en Britany que en el chupe.
Buchango apenas iba por las cervezas cuando el Chófis le hace señas:
—¡Buchis, caile, carnalito!
—¿Qué pasó, viejón? —contesta Buchango, todo borracho.
—Casi ni has cotorreado conmigo hoy, pá. ¿Estás enchilado o qué pedo?
—Nel, viejón, todo relax, nomás que ando con mi morra.
—Ya vi, andas bien enverijado, pero ven, te tengo una sorpresa, es nomás pa’ nosotros dos por la amistad.
De la hielera saca una Buchanans y se la enseña. A Buchango casi se le salen las lágrimas, se le aflojó el hocico y lo abrazó con amor de huérfano.
—No mames, viejón, te quiero un chingo, eres el carnal mayor que nunca tuve.
—Cálmate pá, yo también te estimo un chingo.
—Siempre estás pa’ mí, y yo pa’ ti, viejón. Tengo contactos pesados, tú sabes.
Mientras se abrazaban como novios en los XV de la prima, Miguel ya andaba aplicando la suya: se llevó a Britany a una obra negra justo al lado.
—¿Qué le dijiste a tu amiga? —le preguntó Miguel.
—Que se hiciera pendeja porque me iba a desaparecer contigo.
—No mames, qué rifada. ¿Y no le vas a decir a tu gorila?
—Nel, entre amigas nos cubrimos las espaldas… y otras partes —dijo Britany toda pícara.
—¡Qué chulada de amigas, neta!
—Ándale pues, saca lo que dijiste.
Miguel había prometido un pericazo artesanal, según él era muy poquito y no alcanzaba pa' más. Pero era puro cuento.
—Mira, la neta no era para eso, más bien es para proponerte otra cosa —dijo, agarrándola de la cintura.
—No mames, ya me quemé con la morra y me sales con esas mamadas —respondió Britany empujándolo.
—Pues ya que te quemaste, que valga la pena, ¿no?
—Nel, ¿y si nos cachan?
—Nadie se entera. Pedimos Uber y nos pelamos al motel. Luego le inventas algo al simio ese.
—Es que me la estoy pasando bien aquí...
—Ándale, y te aliviano con una feria.
—¿Feria?... ¿De cuánto estamos hablando?
—Un quinientón, y yo pago todo: motel, Uber y hasta el Gatorade.
—Ya nos vamos entendiendo. Pide el Uber en chinga pues.
Mientras eso pasaba, Buchango se empinaba la Buchanans como si fuera agua de coco. Todos le gritaban "¡Fondo, fondo, fondo!", y él feliz, sintiéndose querido por el mundo.
Pero en una de esas voltea y ve a Britany subirse a un carro. Le grita, pero ella ni se inmuta. Se va. Así nomás.
Buchango, todo confundido y ebrio, va con la amiga que sale del baño.
—¿A dónde chingados se fue mi ruca?
—Le marcó la mamá, que su hijo estaba bien malo.
—¿Y por qué no me dijo nada la cabrona?
—No quería preocuparte, dijo que me encargaba que te dijera yo.
—¿Y el Mike? ¿Dónde está ese güey?
—¿El de la jersey de fútbol?
—Simón, ese.
—Ni idea, apenas que me dices me di cuenta que ya no está.
Con esa historia medio chafa quedó convencido nuestro héroe. Preocupado, sí, pero entre el alcohol barato, la deshidratación y el dolor en el alma, ya no sabía si llorar o vomitar. Así como se le fue Britany, se le fue la conciencia.
No eran ni la una y nuestro héroe ya andaba hasta la madre; todo le daba vueltas y apenas se podía sostener en pie sin parecer bandido a punto de caer.
La amiga de Britany ya se había pelado, al ver que con el Chófis no sacaba nada y solo quedó la banda: Chófis, Rocío, Brayan, las primas y Buchango.
Llegó tambaleando al baño para soltar un vómito digno del Exorcista. Pero de tan pedo que andaba, no se dio cuenta que la taza estaba a punto de desbordarse en cagada, y el desmadre terminó con excremento salpicado en su cara y pecho. El baño quedó como obra de arte moderna.
Mientras tanto, el Chófis seguía de base con la cuñada de Buchango, en un faje tan grosero que parecía cita con el ginecólogo. Rocío, ya bien curada, jaló al Chófis pa’ la casa.
—Ven, aquí estaremos solos —le dijo en tono borracho y provocador.
El Chófis, sin decir nada, solo se tallaba los ojos y se agarraba de todo lo que encontraba para no caer. Rocío lo llevó directo a la recámara, lo aventó en la cama y se lanzó como leona hambrienta.
Brayan vio la oportunidad de oro para cumplir su misión. Con Buchango fuera de combate y el Chófis distraído, solo faltaba deshacerse de las primas de Buchango. Así que salió del perreo y se puso a cotorrear.
—Oigan, mijas, ¿Saben dónde puedo conseguir un pasesito? —preguntó Brayan.
—Sí, yo conozco a toda la raza aquí —contestó una de ellas.
—Trae dos, uno para ustedes y otro para mí.
—¿No vas a acompañarnos?
—Nel, no puedo dejar esto aquí solo —respondió Bayan señalando la bocina y la hielera.
Las morras se fueron en busca del preciado "pase", esa bolsita de yerba que los puchadores venden pa' calmar el estrés.
Mientras tanto, Brayan se metió al camión del Chófis con sigilo, subió el volumen de la música para cubrir el ruido, y empezó a meter mano en el estéreo. Pero no contaba con que el sexto sentido protector del Chófis, seguía activado.
Rocío seguía dale que dale con el Chófis cuando él de repente la detuvo.
—Aguanta, mija, ¿escuchaste eso? —dijo el Chófis, con cara de alerta.
—¿Qué, papi? Seguro es un gato —respondió Rocío, sin quitar la vista de sus caderas en movimiento.
—Nel, algo me dice que no fue gato.
De inmediato, el Chófis se paró, se subió los pantalones, se puso la camisa y salió pa’ afuera, como si la peda se le hubiera ido en un segundo. Rocío lo siguió, con el ceño fruncido.
Al salir, solo había latas vacías, la música a todo volumen, pero nadie en la escena.
—¿Qué chingados? ¿A dónde se fueron todos? —se rascó la cabeza el Chófis.
—Déjame marco a las morras —dijo Rocío sacando el cel.
—Yo le marco al Buchis —dijo el Chófis bajando el volumen.
Se escuchó el tono de llamada venir del baño y el Chófis se acercó a tocar la puerta.
—Carnal, ¿estás ahí?
—Sí, viejón, ya salgo.
Cuando Buchango abrió, el olor era insoportable, mezcla de vómito, mierda y cerveza rancia. La cara y el pecho estaban untados con restos de chile y ni se diga de los dientes de elote pegados.
Chófis y Rocío retrocedieron dos pasos, tapándose la nariz.
—¿No sabes a dónde se fue la banda? —preguntó Chófis.
—Nel, viejón, la neta ando bien pedo —contestó Buchango, más perdido que aguja en pajar.
—Dicen las morras que se fueron a buscar un pase, que Brayan y tú se quedaron aquí —afirmó Rocio colgando la llamada.
De nuevo se escuchó el ruido, venía del camión. Chófis agarró dos riscos y salió corriendo al camión. La puerta estaba abierta. El corazón le latía a mil, pero no podía dejar que le robaran.
Se acercó sigiloso, pero al ver lo que pasaba, soltó las piedras con frustración.
—Simio no mata simio —dijo, pero en verdad fue un:
—¿Qué chingados haces, carnal?
Brayan, sorprendido, saltó al ser descubierto.
—Contesta, cabrón, ¿Qué vergas haces en mi camión? —rugió el Chófis.
—A la verga, güey, ¿La vas a bailar o qué pedo? —respondió Brayan desafiante.
—Bájate pa’ partirnos la madre, rata.
Se quitaron las camisas y se pusieron en guardia para la pelea.
Rocío trató de frenarlos:
—No, no, no le hagas caso, Checo.
Pero el Chófis la empujó y la hizo caer.
—No te metas, mija, nadie se mete con el chico malo.
El Chófis le tenía un amor enfermizo al camión; la cuidaba como si fuera su propia esposa y le echaba billete y tiempo para que se viera de lujo.
Los dos ya estaban listos para el enfrentamiento. Brayan, más malandro y rudo, confiaba en que el Chófis, borracho y todo, no sería rival fuerte, así que tomó la iniciativa y soltó un volado directo a la cara.
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