Capítulo 66 / "Cenizas de amor"
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Apenas eran las once, y el cráneo de Buchango ya andaba dando el toque de queda, apenas si podía mantener los ojos abiertos. El Chófis ya tenía su harén encima, pero sabía que era hora de cumplir con la chamba.
—Ya nos vamos, mijas. Les mando un whats cuando regrese —le dijo a una al oído, antes de enterrar su jeta grasosa entre sus bubis. ¿Por qué hizo eso? Nadie sabe, ni Dios.
Les soltó dos quinientones y una nalgada bien tronada a un par de ellas.
—Vámonos, carnal, te tengo que dejar en tu cantón —dijo el Chófis ayudándolo a pararse.
—Quedémonos, viejón, aquí está con madre —balbuceó Buchango, tambaleándose.
—No digas mamadas, Buchis. Fuga. Luego le caemos.
—Es que creo que le gusté de verdad a esa morra —dijo con ojos soñadores.
El Chófis ya no le discutió, lo subió al camión como bulto, y Buchango se quedó dormido al instante. Le tomó todas las fotos posibles, unas con baba, otras con ojos volteados, para el álbum del recuerdo.
Al llegar, batalló más pa’ despertarlo que una señora queriendo sacar su aguinaldo del cajera.
—Ya llegamos, pá. Bájese. Mañana platicamos.
—Ahí nos guachamos, viejón —dijo Buchango, abriendo la puerta como mariachi borracho.
El Chófis se fue a jalar, y Buchango se tiró a su cama como costal.
Al día siguiente, a la una de la tarde, Buchango despertó sintiendo que le estaban rostizando los pies. El sol le pegaba con saña, y la cruda le daba vueltas como licuadora en velocidad 10. Quiso seguir dormido, pero los resortes del colchón ya estaban encajándosele en el alma. Al bajar las patas, sintió cómo se le enchinó la piel al pisar algo frío, húmedo y viscoso. Peló los ojos, y ¡zaz!, tremendo charco de vómito junto a la cama. Por un momento pensó que habia sido el Tyson, pero no, esa era obra suya: el sello Buchango, firmado con puro jugo gástrico y olor a rayos.
El tufo lo golpeó como ladrillazo: mezcla entre vómito agrio, alcohol, patas rancias, miados de ratón y humedad atrapada desde 1998. Le revolvió las tripas más que los frijoles echados a perder, y en chinga se fue al baño, con la boca en modo fuente. Pero al llegar, ¡madres!, un tremendo tronco que se asomaba de la taza lo hizo retroceder y mejor se fue a la regadera, donde vació el alma por el desagüe.
Se lavó la cara con agua y un trozo de jabón ZOTE, y los dientes con lo último del tubo de pasta que exprimió como si fuera catártico. Apenas se había medio aliviando, cuando sonó su cel. La pantalla estrellada parecía una obra de Jackson Pollock, salpicada de vómito.
Sin pensarlo, le escupió a la pantalla como buen salvaje, y la limpió con la misma camisa que traía desde el viernes.
—¿Qué tranza, pá? —contestó el Chófis.
—Qué rollo, viejón —respondió Buchango, con la voz como de perro atropellado.
—¿Cómo te fue con la cruda? Ayer andabas bien arañota, pá.
—Como si nada, viejo. Yo siempre al millón, ya sabes.
—¡Ah, cálmese, Buchas! Te marqué tempra y ni tus luces. Hasta dije: "este güey ya se petateó".
—Valió madre la alarma, no sonó ni madre. Apenas me levanté hace ratillo.
—Ah, cómo tira rollo usted, pá —dijo el Chófis riéndose—. Te caigo en diez minutos pa’ ir por la raza. Ahí te guacho.
—¡Fierro, viejón!
Se cambió en chinga con ropa que parecía recogida del piso —y lo era—, medio limpió el vomitadero pa’ que su jefa no le hiciera pancho, y bajó justo cuando llegó el camión.
Subió al transporte arrastrando los pies, andaba tan fodongo que ni el Chófis lo reconoció. Estiró la mano pa’ saludar, pero el Chófis le dijo:
—Ahorita no traigo feria ni piedra carnal.
—Salúdame, viejón, ¿o qué? ¿Ya no soy digno de tu manita sudada? —dijo Buchango.
El Chófis pegó un brinco que casi lo tira del asiento.
—¡No mames, cabrón! No te reconocí.
—¿A poco tan feo ando, pariente.
—Calmese, pá. La neta no te reconocí. Te lo juro.
—Jajajaja hubieras visto el brinco que diste del susto.
—Ja ja ja. Ríete cabrón, a ver si sigues riendo cuando suba las fotos al Face —respondió el Chófis mostrándole una donde Buchango salía como perro baboso, con la boca abierta.
Se le borró la sonrisa en corto al Buchas.
—¡Eh, no mames, viejón, bórralas a la verga, pinche Judas!
—Muy salsa y ahora chillando —dijo el Chófis cagándose de risa—. Las voy a subir en galería con marco y todo.
Mientras los otros pasajeros los veían con cara de pena ajena, el Chófis arrancó el camión y se fueron cotorreando todo el camino.
Al llegar a la caseta de la maquila, allí estaba Miguel, el vato que le bajó a Britany, quien al verlo, siguió con la mirada a nuestro héroe hasta perderlo de vista. Pero Buchango no era de agachar la mirada: se lo barrió de arriba abajo con odio pasivo-agresivo.
—¿Qué pedo con el mugroso ese, pá? —preguntó el Chófis.
—Es el pendejo que me bajó a la Britany.
—¿Y luego? ¿Qué, le damos piso o qué?
—Mañana me lo azorrillo en la línea, viejón, no te apures.
La neta, Buchango no sabía por qué lo había volteado a ver así Miguel, pero tampoco se iba a quebrar por eso. Al llegar al frente de la planta industrial, bajó del camión como si estuviera bajando de una limusina a la entrega de los oscares. Fue a comprarse una bebida energética y se paró bien mamón frente a la puerta, posando como si Daddy Yankee lo estuviera viendo.
Y entonces… la vio. Britany. Solita. Caminando como si el mundo fuera su pasarela. Leggings negros transparentosos, blusita entallada, tacones de aguja, y ese pelo planchadito que parecía seda de rancho. Le sonrió. Y Buchango sintió que se le salió el alma.
—¡Buchis, Buchis! —gritó el Paisa, que ya lo estaba esperando con Bere y su señora.
—¿Qué? ¿Qué pedo?
—Te tiene bien empanochado Britany, mi Buchas.
—Nel, viejón. Estaba viendo el Hondita Civic de allá —mintió, aventando la ceniza.
—Sí, ajá —dijo Bere, apareciendo con cara de pocos amigos.
—¿A que no sabes la nueva, mi Buchas? —dijo el Paisa con brillo en los ojos.
—Échala, pariente.
—¡Corrieron a Miguel el materialista!
La quijada de Buchango se le fue hasta el piso, como si se la hubiera tumbado el Canelo.
—¡No mames! ¿Neta?
—Simón. Dicen que Britany lo puso con los de personal. Otros dicen que alguien lo quemó en el buzón de sugerencias.
—El karma, Paisa. El universo me está haciendo segunda —dijo Buchango, haciendo lo posible por no brincar de la emoción.
No hubo novedades durante la jornada laboral de nuestro héroe, al contrario, traía una sonrisa de oreja a oreja por lo de Miguel. No fue hasta la hora de salida, cuando iban rumbo al camión, Buchango y Bere vieron a Britany fumando sola, lanzando miradas provocadoras a todos los machos que pasaban. Pero antes de que el Britany hiciera su movimiento, Bere se adelantó y le plantó un beso a Buchango. Él no lo correspondió como ella esperaba. Se hizo pa’ atrás.
—¿Qué te pasa, tonto?
—Nada, viejóna. Traigo el cerebro todo hecho mierda.
—Ayer bien romántico y hoy ni me pelas. ¿Qué traes?
—Nomás traigo pedillos, no me hallo.
Britany, desde lejos, nomás veía. Y Buchango sentía el alma hecha nudo. Todos le decían que no le convenía, que era puro veneno con labios, pero su corazón era terco y caliente. Y ahí estaba, el vato más valiente de la maquila… bien empanochado.
La campana salvó a Buchango de tener que dar explicaciones, porque justo en ese momento los camiones empezaron a rugir y toda la bola de esclavos modernos salió a corretear el suyo.
—¿Qué rollo, pá? ¿Qué dice la morrita chichistosa? —soltó el Chófis.
—Ahí anda, viejón. Ahorita le puse unos becerros enfrente a la otra que traía —contestó Buchango inflando el pecho como si se hubiera ligao' a la Kardashian de la colonia.
—¿Cuál de todas, pá? Estás cabrón, no dejas ni las sobras —dijo el Chófis dándole un palmotazo que casi lo tumba.
—A la que llevé al fiestón, viejón.
—Ah, sí, la que anda con el mugroso ese que huele a Tonayán.
—Andaba, viejón. Ya corrieron a ese pendejete.
—No mames, con razón lo vimos afuera en la caseta con cara de que lo dejaron sin domingo.
—Simón, lo torcieron vendiendo las quinielas.
—Nomás no te me vayas a apendejar, mijo, y vuelvas con esa ruca.
—Nel, a la verga, viejón. Ahorita ando con más pegue que billete falso en quincena. Voy a cochar hasta que se me reviente el resorte.
El Chófis se soltó a reír como marrano en lodo.
—No mames, mi Buchas, ahora sí te la rifaste.
Y ahí iban los dos cabrones, arrancando el viaje entre risas, chismes reciclados y viendo las fotos todas borrosas que el Chófis le había tomado a Buchango como si fueran trofeos de guerra.
—Oye, viejón, ¿y tú a quién vas a llevar al día de campo el sábado? —soltó Buchango, oliendo el tema de las pedas.
—A nadie, mijo. A los de compañías externas no nos pelan ni pa’ servir la comida —dijo el Chófis todo agüitado, rascándose la cara como si trajera tiña emocional.
Buchango se quedó callado. Se le enchinó el cuero pensando en ese día que llevaba esperando desde que firmó el contrato. Cerró los puños y le rezó un Padre Nuestro a San Juditas Tadeo pa’ no echarse pa’ atrás.
—Ah, qué culero, viejón. No te agüites. Yo puedo llevar a dos. Voy a invitar a mi jefita… y a ti, ¿Cómo ves, viejón?
El Chófis se le quedó viendo con los ojos todos vidriosos.
—A huevo que sí, carnalito. Yo pongo las birrias.
—Ya valió madre, viejón, no van a dejar meter cheve.
—A mí me la pelan. De que nos empedamos, nos empedamos, pá —dijo el Chófis con una sonrisota de borracho experto.
Al finalizar el recorrido, el Chófis dejó a Buchango en su cantón. Esta vez no hubo caguamas, así que ni diez minutos tardaron en despedirse.
Apenas cruzó la puerta, Buchango se fue a su rinconcito sagrado, desesperado por husmear el perfil de su musa, Britany.
Y tómala: la página de Britany parecía altar de difunta emocional. Puras mamadas de Harley Quinn: “Nos enamoramos de quien sabe destruirnos”, “De mi papá aprendí que si él me falló, cualquier hombre puede hacerlo”. Pinche morra dolida nivel Jenni Rivera.
Y justo cuando estaba con el hocico abierto haciendo zoom a una foto donde se le salía media chichi, ¡pum! Una notificación tronó como cohete en posada.
El universo se la dejó caer con estilo: mensaje directo de Britany.
<<Ola guapo 🤭ke milagro perdido>>
Y eso no fue por arte de magia, no. La morra le escribió nomás porque Buchango, de pinche metiche, había reaccionado sin querer a una de sus fotos. El algoritmo del amor haciendo de las suyas.
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