Capítulo 73 / "El patrón del Chapo"
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—Ahorita me las vas a pagar pinche vieja piruja —escupió el chicle de carne con rabia y se levanto de la mesa.
Nadie intervino, y Britany se fue a la guerra:
—¿Qué traes, pinche vieja arrastrada? —bufó, empujando con ganas a Kimberly.
Kimberly salió volando tres metros, cayendo de sentón, pero el mamado novio se metió a defenderla, agarrando a Britany.
—Cálmate, pinche gorda mal cogida —le gritó, sujetándola.
—¿Qué te pasa, vieja loca? —preguntó Kimberly, levantándose y sacudiendo el trasero.
—Loka tu puta madre, piruja —respondió Britany, queriendo zafarse.
—Te voy a acusar en personal por agredirme —dijo Kimberly seria.
Britany, viendo que la tenía en la lona, intentó que el mamado le tocara accidental uno de sus senos guangos.
—¡Ay, suéltame! No me agarres las chichis, enfermo —exclamó dándole una cachetada.
Esa escena fue digna de José Luis sin censura, y fue la que le salvó el pellejo.
—Tú nomás le digas a personal y yo denuncio a tu novio por agarrarme las chichis. A ver quién la pierde más, pendeja.
Todos en la cafetería, incluidos los cocineros que dejaron de chambear pa' ver el chisme, se quedaron con la boca abierta. Kimberly tuvo que ceder.
—Ya déjala, Wilfredo, no le des más bola a esta vaca.
El mamado soltó a Britany, y esta le tiró una patada fallida a Kimberly, que terminó dejándola en el suelo. Todos empezaron a reír como locos, hasta Buchango y los de la mesa. Fue tanta la vergüenza que sintió Britany que salió corriendo a llorar al baño.
Minutos después, la bronca ya se había calmado y siguieron comiendo.
—¿Qué pedo con esa ruca, Buchas? ¿No habías cortado con ella? —preguntó el Paisa, sin poder aguantar la curiosidad.
—Sí, viejón, pero no le quedó claro —contestó Buchango, dándole un trago a su bebida que parecía más jugo de azúcar con agua de la llave.
—Pues ponte vivo, porque esa te va a traer más broncas.
—Ya sé, viejón. Hoy a la salida habló con ella.
Se acabó la hora de la comida y Buchango se fue derechito al baño a cumplir con su ritual del cepillado, pero justo cuando estaba llegando, salió Britany del baño de mujeres.
—¿Por qué no me defendiste, estúpido? —soltó Britany, limpiándose las lágrimas que le corrían y le dejaban la cara como el Guasón del Heath Ledger.
—Es que todo pasó tan rápido, viejóna, que…
—Ya cállate, yo era la que te defendía y tú ni te paraste de tu pinche silla —le cortó Britany entre sollozos y gritos.
—Sorry, plebita, no pensé que…
—Nunca piensas nada, Buchango. Eso me pasa por pendeja. Adiós —y sin más, se fue caminando directo a la oficina de laborales.
Buchango ni sintió remordimiento ni ganas de seguirla. Se quedó viendo cómo se perdía de vista y volvió a su cepillado como si nada.
Cuando llegó a su área, Juan andaba bien contento. Le había resultado más fácil que la tabla del uno conseguir el perfil de Bere pa’ mandarle el video de Buchango cortejando a la Pollita.
Lo que pasó ese día era ya el chisme de todos en la maquila. El día siguió normal para Buchango, pero justo antes de salir, recibió un mensaje de Bere que decía:
<<😡 Eres un pirujo de lo pior eres ijual a todos los hombres 🤬 yo creia k eras diferente pero no. lla me dijeron quien es la “POLLITA” no creo ke se fije en ti xq se ve k es vien interezada, pero aya tu y tu puteria X FABOR YA NO ME BUSKES BYE>>
Buchango respiró hondo y soltó el aire tranquilo; ya se había quitado dos piedras de los zapatos el mismo día.
Ya en la salida, por primera vez Buchango salió relajado, sin la necesidad de cortejar a nadie. Hoy no iba a armar un show ni a subirse al camión como el cíclope lagrimeando. Se fue directo con su carnal el Chófis pa’ planear lo del sábado.
—¿Qué pedo, mijo? ¿Y la morrita dónde la dejó? —preguntó el Chófis al verlo solo.
—Ahí anda, viejón. Ya corté con ella —confesó Buchango acomodándose en su banquito.
—Ah cabrón, ¿y eso?
—A la verga, viejón. Esa morra es bien tóxica, nomás quiere tenerme bien checado, y aparte, es casada. Mejor ni le entro, pariente. Ya no ando en esas broncas.
El Chófis se quedó pensando un rato la respuesta.
—Ah no, así no se puede, pá. Ya deberían saber a lo que van, no andar ahí de manitas sudadas.
—Ya voy aprendiendo, viejón. Ya no me clavo con ninguna ruca; después de todo, hay más culos que estrellas —respondió Buchango acomodándose los lentes.
—Es todo, pá. Ya eres toda una verga, cuando sea grande quiero ser como tú.
—Me he arrepentido más veces de ser buena persona que de ser un hijo de puta, viejón —parafraseó Buchango viendo por la ventana una frase que vio en redes.
—¡Ah, jijo de su perra madre! Hasta poeta me saliste —exclamó el Chófis sorprendido.
Buchango soltó un grito bien agudo, como mariachi espinado, al darle un trago a la bebida energética que traía el Chófis en el tablero del camión. Imaginamos que lo hizo para desahogarse, la neta ni nosotros sabemos porque actúan así los personajes.
Unos minutos después de la plática de mujeres y lo que pasó, nuestros compas se aventaron el recorrido del Chico Malo, dejando a la gente en sus casas. Cantaban a todo pulmón canciones de despechados, como si fueran los dueños del camión. El tiempo y el recorrido se les hizo corto por el ambiente que traían.
Al llegar a la casa de Buchango, el Chófis sacó una botella de Buchanan’s que traía bajo el asiento y dijo:
—Mira, carnalito, el Chico Malo invita. ¿Arre a chingarnola o te agüitas?
Buchango pegó otro grito bien de perro atropellado de la emoción y contestó:
—Fierro, viejón. A huevo que sí, déjame sacar la bocina.
Los dos bajaron del camión; Buchango sacó su bocina nueva al patio y se sentaron en un par de cubetas viejas de pintura, usando un vaso de mole para los shots.
—Pinche bocina suena con madre, mijo. ¿Dónde la trapaste? —preguntó el Chófis.
—Me la vendió un tekato, viejón. La cambié por un seis de Ultras.
—Ay güey, qué chingón, pá. Te lograste. Yo te doy un veinticuatro por ella —dijo el Chófis riendo y dándole una palmada que casi tumba a Buchango del bote.
—Oye, viejón, hay que comprar lo que vamos a tomar mañana en el día de campo.
—No te preocupes, mijo. Ya lo compré —dijo el Chófis sonriendo bien ancho.
—¿Qué compraste, pariente? —preguntó Buchango, sacado de onda.
—Otra botellita de Buchanan’s —respondió el Chófis, dándose un shot.
—Al millón, viejón. ¿Cómo le haces?
—Ya sabes, métete de chofer y lo vas a entender.
—No estaría mal, viejón —respondió Buchango pensativo.
La botella les duró un par de horas. Para entonces, Buchango apenas se mantenía de pie; el Chófis le dijo:
—Ya me voy, mijo, que tengo que llevar al Chico Malo a que lo laven pa’ mañana. Después se hace tarde y no me lo van a dejar chido.
—Fierro, viejón. Mañana le seguimos —balbuceó Buchango tambaleándose.
—Ponte alarma pa' que no te quedes dormido.
—No, viejón, eso ya no pasa —dijo Buchango con dificultad.
El Chófis lo ayudó a meter la bocina y se fue, manejando el camión como si fuera un Honda tuneado.
Buchango quedó dormido con tenis y todo, tirado en la cama, poco después de que se fuera el Chófis.
Al día siguiente la alarma sonó; era el día más esperado de los maquileros: el día de campo. Nuestro héroe se levantó medio mareado por el alcohol, pero con ganas de pasarla bien.
Se puso su mejor outfit, mejor que el de los viernes, el que usaba solo para eventos especiales como quinceañeras o bodas. Su ritual fue igual, cuidando cada detalle.
Cuando subió al Chico Malo, ahora fue él, el que quedó en shock al ver al Chófis.
—¡A la verga, viejón! ¿Vas a ser padrino del Chapo o qué verga? —preguntó con la boca abierta ante el estilo del Chófis.
—Voy a ser el sacerdote de tu pedorrote. Te voy a bautizar el chiquillo —respondió el Chófis con un albur que hasta Alfonzo Zayas aplaudiría.
Buchango se quedó patinando, sin soltar ni un pinche comentario, porque su cerebro no daba pa’ procesar algo así, y menos para contrarrestar un albur de ese calibre.
El Chófis traía la barba bien delineada y un corte chido: unos aretes y una cadena de oro bien brillosa; vestido como si fuera el patrón del Chapo, botas de pitón y todo el rollo. Se veía todo un capo, y con los corridos que traía de fondo, cualquiera pensaría que andaba en malos pasos.
Este día sería diferente. En vez de acabar el recorrido en la maquila, terminarían en el parque acuático que la empresa rento pa’ la pachanga. Así que durante todo el camino, los dos andaban alegres, cantando y echando cotorreo con su música bien agropecuaria.
Al llegar y bajar la raza del camión, Chófis y Buchango se formaron pa’ entrar. La fila era kilométrica, pero el espectáculo valía la pena, porque por todos lados andaban hembras bien guapas que te sacaban los ojos.
Media hora después, cuando ya casi les tocaba, llegó Juan con su familia y se metió en la fila, bien pachón, justo unas personas enfrente de Buchango. Todo mundo silbando y haciendo borlote, pero a Juan le valió madres porque fue el lamehuevos quien le hizo el paro para meterse.
—¿Ya viste a la señora de ese güey, mijo? —preguntó el Chófis a Buchango, viendo a la esposa de Juan.
—A la verga, viejón, está bien culerota. Nada que ver con la morra que trae en la maquila —respondió Buchango, con desprecio.
—Sí, está peor que una patada en los huevos. A ver qué hace cuando me vea con su novia.
—Es culón ese güey, viejón, se va a hacer güey, porque si no, le damos otra putiza. No sabe con quién se está metiendo.
La fila avanzó y al rato ya estaban dentro del parque acuático. Les dieron dos boletos a cada uno, uno para una hamburguesa y otro para el refresco y una playera del evento. Lo primero fue canjearlos, porque los dos andaban con el estómago chillando.
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